Carta a un amigo
Querido amigo:
Cuando una mujer ama a un amigo, hay gente que se burla.
En realidad se burlan de lo que piensan. Y piensan que el amor que se siente por el amigo es carnal. Piensan que una mujer no puede amar a un hombre como amigo.
Te apuesto que, he estado en la cama con un amigo y hemos dormido. Y sólo dormido.
A tí, también te amo desde lo más hondo de mi corazón y, no existe posibilidad alguna de que haya otra cosa más allá que pura amistad.
¿Sabes?, hay personas que entre sonrisas solapadas intuyen algo que, sólo ellas intuyen. Es su propio mirar el que determina lo que creen ver en eso que ven.
Me jacto de ser amiga, tu amiga, y de un modo especial. Ese modo de amistad que como el amor nos elige. Estoy plenamente convencida de ello, de que a las personas nos une una empatía que no hemos decidido tener.
Simplemente en nuestra vida nos cruzamos con esas a las que se ama y se recuerdan de modo especial.
Esas personas son las que nunca se marchan.
Están ahí, en alguna parte de ti misma, de ti mismo, como dándote unos toquecitos en el hombro y susurrándote: sigo aquí. Y un día-o tal vez nunca-aparecen y tu dices, siempre estuviste ahí. Ahí donde se ama, donde se quiere. Nunca estuviste lejos de ahí.
Y si hubieses estado muy lejos, no estuviste en el olvido. Y es que, del modo más mágico encontraste el camino del regreso.
Cuando una mujer ama a un amigo, hay gente que se burla.
En realidad se burlan de lo que piensan. Y piensan que el amor que se siente por el amigo es carnal. Piensan que una mujer no puede amar a un hombre como amigo.
Te apuesto que, he estado en la cama con un amigo y hemos dormido. Y sólo dormido.
A tí, también te amo desde lo más hondo de mi corazón y, no existe posibilidad alguna de que haya otra cosa más allá que pura amistad.
¿Sabes?, hay personas que entre sonrisas solapadas intuyen algo que, sólo ellas intuyen. Es su propio mirar el que determina lo que creen ver en eso que ven.
Me jacto de ser amiga, tu amiga, y de un modo especial. Ese modo de amistad que como el amor nos elige. Estoy plenamente convencida de ello, de que a las personas nos une una empatía que no hemos decidido tener.
Simplemente en nuestra vida nos cruzamos con esas a las que se ama y se recuerdan de modo especial.
Esas personas son las que nunca se marchan.
Están ahí, en alguna parte de ti misma, de ti mismo, como dándote unos toquecitos en el hombro y susurrándote: sigo aquí. Y un día-o tal vez nunca-aparecen y tu dices, siempre estuviste ahí. Ahí donde se ama, donde se quiere. Nunca estuviste lejos de ahí.
Y si hubieses estado muy lejos, no estuviste en el olvido. Y es que, del modo más mágico encontraste el camino del regreso.
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