Del Diarioi en Facebook
Me vestí con una sonrisa de oreja a oreja y me lance a la calle.
Volaba cuesta abajo, era un brazo de mar. Hice casi todo lo que
iba a hacer, después, telefoneó mi amiga más cercana y quedó en
recogerme.
Entretanto compré pan. Me faltaban ocho céntimos y una chica se ofreció
a ponerlos. Como unas castañuelas abandoné la tienda dando las
gracias a la chica y deseando a todos felices fiestas.
Llegó E. y subimos a la biblioteca de Benagalbon a devolver los li-
bros y elegir otros.
El biblíotecario se mostró afable y encantados ambos de conocernos al fin.
(Siempre telefoneo para prolongar, mientras E. va por los libros).
Volaba cuesta abajo, era un brazo de mar. Hice casi todo lo que
iba a hacer, después, telefoneó mi amiga más cercana y quedó en
recogerme.
Entretanto compré pan. Me faltaban ocho céntimos y una chica se ofreció
a ponerlos. Como unas castañuelas abandoné la tienda dando las
gracias a la chica y deseando a todos felices fiestas.
Llegó E. y subimos a la biblioteca de Benagalbon a devolver los li-
bros y elegir otros.
El biblíotecario se mostró afable y encantados ambos de conocernos al fin.
(Siempre telefoneo para prolongar, mientras E. va por los libros).
Entramos a un bar, una cerveza antes de separarnos. En la barra, en un
contenedor de bebés, una niña morena de pocos meses. Dormía como
un rorro solo puede dormir, como un ángel.
La historia que acompañaba a ese cachito de carne rosa y pelo negro me
dejó boquiabierta.
Decirlo en pocas palabras cuesta, pero lo haré.
Los que regentan el bar, una pareja de unos cuarenta años aproxímada-
mente, cuidan de niños abandonados, o maltratados y los "adoptan"
hasta que se encuentran unos padres adecuados.
Ahí es ná.
Parece gente corriente y moliente, y es que su entrega, su generosidad
no es visible. Si vais a Benagalbón, no olvides visitar el bar de los niños
abandonados.
El padre pasajero se llama Enrique.
contenedor de bebés, una niña morena de pocos meses. Dormía como
un rorro solo puede dormir, como un ángel.
La historia que acompañaba a ese cachito de carne rosa y pelo negro me
dejó boquiabierta.
Decirlo en pocas palabras cuesta, pero lo haré.
Los que regentan el bar, una pareja de unos cuarenta años aproxímada-
mente, cuidan de niños abandonados, o maltratados y los "adoptan"
hasta que se encuentran unos padres adecuados.
Ahí es ná.
Parece gente corriente y moliente, y es que su entrega, su generosidad
no es visible. Si vais a Benagalbón, no olvides visitar el bar de los niños
abandonados.
El padre pasajero se llama Enrique.
Comentarios
Publicar un comentario