La lentitud del aprendizaje

¿Cuántas veces había aceptado situaciones por una indecisión y una estúpida  compasión?

Sabría contarlas. Ciertamente. Pero aunque las hubiera detectado en el momento nunca había reaccionado según la razón. La compasión había podido más obligándole a asumir unas consecuencias que  a veces, al recordarlas le causaban bien repulsión y otras auténtica indignación.

Nada de esto le hizo aprender. Caía una y otra vez.

Se había puesto a sí misma en situaciones lamentables por el sencillo hecho de dejar clara una situación lógica, valga la redundancia una actitud, incluso con fiereza,  para la que no estaba preparada finalmente a  llevar hasta  sus últimas consecuencias. Miraba a la persona afectada y se venía abajo. Más tarde se indignaba consigo misma, pero ya no tenía solución.

Entre esas experiencias había alguna donde no sólo su dignidad había quedado en entredicho, sino que además le habían costado unas sumas de dinero nada despreciables.

Como dice el refranero español, tan obsoleto hoy día, si bien debería decir tan olvidado: "Nunca es tarde si la dicha es buena".

Y en esas llevaba ya años.  Aunque al día de hoy se diga "sigue tu corazón" Matilde opinaba para sí misma "sigue la razón". Y si se le presentaba la ocasión de ser preguntada es lo que respondía.

¿Ha dejado de sentir compasión?

En modo alguno. Solo que hago uso de ella cuando estoy convencida de la necesidad de aplicarla. Y le puedo asegurar que gozo de una felicidad que en la indecisión nunca gocé.

 Y cómo han reaccionado las personas de su entorno?

Ciertamente, no me afecta salvo en el primer segundo, pero de inmediato acudo a la lentitud del aprendizaje que tanto me llevó comprender.


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