Ruidos en la oscuridad

 Le despertó el ladrido monocorde de un can. Caviló leve tiempo sobre el silencio reinante y se tiró del lecho. Se acercó al balcón. A vuelo de pájaro, a unos cincuenta metros, dos casas iluminaban la noche oscura y sin luna. Se acercó al reloj. Cinco y veintitres de la madrugada. Preparó un café, encendió el ordenador. apenas había durado el silencio unos minutos cuando comenzaron a escucharse los motores en plural. No, no era un coche aislado. El run run martilleaba su sien. <Empezamos pronto- dijo Su Tiránica Majestad La Mente maldiciendo el ruido para seguidamente añadir: ni siquiera se oye un trino todavía, pero sí los motores>. Y a su libre albedrío, S. T. M. continuó: dónde habrá que irse para gozar del sonido del silencio, a qué lejano lugar o no tan lejano lugar. Tal vez donde le gustaría llevar a su amiga cuando la visitase por su cercano cumpleaños. Allí, donde la cabra montesa era también reina. Pero allí no se podía pernoctar.
El coche de la basura, con el tacto habitual, se llevó por breves instantes a la musa. Aprovechó para tomar un sorbo de delicioso café, oro negro y cálido que se deslizó por su garganta agradecida. 
Si, llevaría a su amiga a Sierra de Almijara a contemplar el bosque y el agua. Claro que no verían a las cabras montesas a la hora que irían, hasta se preguntaba S. T. M. si aún quedarían cabras montesas. Su talla, sí. Había  contemplado aquél símbolo en varias excursiones con otras conocidas. Era un paisaje tan hermoso el de aquel entorno y hacía tanto tiempo que no lo había vuelto a ver. Casi se vuelve nostálgica S. T. M. como cualquier Majestad,  haciendo un inciso. Al fin y al cabo nada la diferenciaba de otras majestades.
Amelia se quedó sin café. Su Tiránica Majestad calló. Otro camión de la basura irrumpió en la noche. 
Más de mil millones de coches circulan por el mundo. Mil millones. Sin contar barcos, trenes, aviones, ciclomotores, tractores y miles de pequeñas maquinarias eléctricas en los hogares que junto con una población estimada de siete coma ocho BILLONES de personas...
Sí, era una verdadera locura. 
La cabeza de Amelia comenzó a dar vueltas. 
Había cifras que no conseguía comprender.
Nunca fue la matemática su fuerte, pero si además repasaba aquella enorme cantidad.
Se negó a seguir oyendo a Su Tiránica Majestad.
¡Qué locura es esta!
Pero quién tenía la capacidad para hacerla callar. Y a esas horas. Extraño sortilegio aquél que poseía la mente de volar en plena libertad. La única libertad en la que Amelia creía. 
Hasta las derechas más radicales hablaban de libertad. Río socarrona su voz interior.
Y repitió, libertad, menuda falacia.
Volveré a la cama e intentaré dormir. Dicen que para eso se hizo la noche, claro que eso es muy anterior a mi era.
Y apagando el ordenador, y desoyendo el run run y al grillo que recién comenzaba a cantar, se dirigió al lecho sin grandes expectativas de conciliar el sueño. Leería pues. 

 




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