El tercer hombre
Roberto
Tenía la sensación de que estaba siendo observada. Miró en derredor desafiante. Quién la observase había de tener en cuenta que no se amedrantaba. Claro, que, a lo mejor, cabía la posibilidad de que aquella sensación fuese sólo un producto de su imaginación. Cuando se mudó de piso, por ejemplo, también tuvo aquel cosquilleo. Incluso creyó ver la sombra de su padre. Lo que la hizo decir para sus adentros, gracias, papá. Y a decir verdad se sintió mucho mejor a pesar de no creer en ello.
Como iba diciendo, Amelia, (supongo que ya la vas conociendo, lector) miró y remiró, pero no vio a nadie, salvo a un hombre muy atractivo, por cierto, enfrascado en la lectura de un libro. Rara avis, pensó. No es muy común ver a un hombre leer en aquel parque. Leían algunos, sí, pero, prensa. Y aún así eran también escasos.
Volvió a mirar. Era atractivo de veras, y el bronceado lo hacía más deseable aún.
En ese momento, el mencionado, levantó la vista para volver la página y sus miradas se cruzaron durante breves segundos, que él aprovechó para esbozar una gran sonrisa.
Ella sintió un cosquilleo indefinible por todo su cuerpo y su piel. Y volviéndose con un gesto brusco siguió paseando, pero algo más rápido.
Apenas había avanzado cuando una voz la detuvo apenas un instante.
-¡Amelia!
Ella se puso muy nerviosa. Confusa, intuyó que la voz correspondía al lector del libro.
En su caos, no supo cuánto tiempo había transcurrido desde que se cruzaran sus miradas.
¡Amelia! dijo la voz de nuevo.
El corazón le latía a una velocidad insufrible. Aceleró el paso haciéndose la desentendida pero el hombre ya estaba a su lado.
-Perdona, ¿eres Amelia, no? y, prosiguió: mi nombre es Ricardo.
El apellido Landea acudió a la mente de Amelia como un relámpago. Mientras, así, como de lejos, le oía decir: Landea. -Soy, Ricardo Landea. Fui compañero de viaje de tu amiga Almudena. Ella te describió tan bien que te he reconocido inmediatamente.
Amelia sólo pudo decir: ¡Ah!, dando unos pasos casi ida.
Ricardo a su lado preguntó: - ¿te encuentras bien?
-Perdona si te he asustado, no ha sido mi intención.
- Ah, ¿no? -dijo con voz alterada retomando su caminar con excesivo ímpetu.
Amalia estaba furiosa sin saber porqué.
Roberto, Alcanzándola rogaba: -Amelia, por favor, serénate. En su voz se notaba la preocupación.
-Por favor, Amelia, detente un momento y te explico.
Pero Amelia, sin detenerse le espetó.
- No tiene que explicarme nada. No le conozco. Y añadió.
- Y deje de acosarme o grito.
- Estoy lejos de acosarte, dijo Roberto. Jamás me lo perdonaría.
Amelia amainó el paso poco a poco. A decir verdad, tampoco hubiera podido mantenerlo. Tal era el estado de afectación. Pero siguió callada. Su cabeza giraba y giraba como el tapón de una olla exprés. Y así se sentía. Echando más que humo, vapor a todo tren.
Entretanto se preguntaba por la causa de su irritación.
<Debería estar acostumbrada a los juegos de ellos>.
Pero en realidad estaba sorprendida, dado que ella había pensado siempre que Ernesto, Juan y Roberto eran una misma persona. Y no era así.
Ricardo, a pesar de tener un cierto parecido con Ernesto no era el mismo. A Juan aún no le conocía salvo por teléfono.
Su instinto, su imaginación o lo que fuese aquél pálpito no se correspondía con la realidad.
Si bien ella había detectado un vínculo inexplicable entre ellos.
La voz de Ricardo le llegó a través de su mente obnubilada.
...no pude asistir a vuestro encuentro porque...
- No me interesa - atajó Amelia implacable. Y añadió, no me debes ninguna explicación, dásela a Almudena.
- Ya lo hice, y me comprendió.
- Pamplinas, no me ha comentado nada.
- Porque está ingresada. Respondió Roberto.
En ese mismo instante Amelia se olvidó del extraño comportamiento que había observado en Almudena en su última visita.
- ¡Quééé! Exclamó casi en un grito Amelia.
- No te alteres, Amelia, se pondrá bien. Sólo ha sido un pequeño accidente de coche. Nada irreparable.
- Pero ¿y Albert?. ¿Por qué no me ha dicho nada? Preguntó sin saber que hablaba con un extraño.
¡Hombres! - dijo Amelia - ¡sois todos iguales! Mientras en su interior pensaba:
de usar y tirar; es lo único que se puede hacer con ellos, que bien hice con divorciarme, Jesús.
- Jesús, repitió él casi divertido. Y sonrió.
-No he dicho nada. ¿A qué viene lo de Jesús?.
Pero ella sabía que probablemente se le había escapado en voz alta.
Él alargó la mano diciendo: ¿paz?. Podemos sentarnos y tomar algo.
- ¡No!
- Está bien. No quiero insistir. Te telefonearé más tarde. Y despidiéndose añadió; que tengas un feliz día.
Feliz, día, feliz día iba murmurando ella entre dientes; primero te acosan y después, ¡hala!, como si nada. Así son ellos. ¿Paz? ¿Paz? seguía en su soliloquio haciendo gestos que expresaban a la perfección la sorna que sentía.
Se había quedado sin ganas de nada. Le ocurría que los contratiempos, o lo que ella pensaba que lo eran, la dejaban extenuada. Caminó hacia el coche y condujo en silencio hacia casa. Como aún era temprano para llamar a Albert, se quitó la ropa, se duchó y se dispuso a comer.
Cuando terminó se puso a escribir, pero las musas la habían abandonado.
En realidad estaba pensando en el tal Ricardo. Debió escucharlo y ahora no estaría rumiando en el accidente de Almudena. Además no estaba enfadada con él sino con ella misma. Había perdido el control debido a una suposición, a la película que se había montado ella sola. Esto le pasaba bastante más a menudo de lo deseable. Tenía que aprender a manejar su imaginación. De ese modo no se sentiría tan defraudada.
Al cabo del rato dejó de lamentarse y alegando para sí <a lo hecho pecho>. Y dirigiéndose a la terraza se asomó a la veranda y comenzó a reír.
Un hombre caminaba de una manera tan graciosa que no pudo evitarlo.
El hombre en cuestión, levantaba las piernas casi sin flexionarlas una tras otra como saltando mientras hundía el cuello y lo estiraba al ritmo de los pasos lo que lo hacía parecer un torpe pájaro.
-2-
A una hora que le pareció adecuada comenzó a marcar el número de Albert. Pero nadie respondió.
Bueno, se dijo. Lo intentaré algo más tarde. Y se puso a leer.
Apenas había leído cuatro páginas cuando sonó el teléfono.
-Dígame.
- Hola, Amelia, soy Albert.
- Sí, ya te he reconocido. Y sin esperar respuesta continuó - ¿como está Almudena?.
- Espera un momento - dijo Albert. Acabamos de entrar en casa y Almudena quiere hablar contigo.
- Gracias, Albert.
Pasaron unos segundos hasta oír la voz de Almudena.
- Hola, Amelia. Qué tal estás.
- Eso mismo querría saber yo. ¿Qué ha pasado? ¿Te duele algo? ¿Qué tienes?
- Por favor, Amelia. Sigues igual de torbellino. ¿Quieres dejarme hablar? -dijo Almudena sonriendo.
- Claro, claro, perdóname. Estaba tan preocupada...
- Por eso precisamente no te hemos dicho nada. No ha sido para tanto. Me ingresaron por mero protocolo. Ya sabes cómo son los médicos. Y continuó. Estoy algo cansada de tanta prueba, pero nada más. Ha sido más el susto que otra cosa. Por cierto, antes de que te lances. Sé que has estado con Roberto. Me telefoneó poco antes de dejar el hospital. Es un encanto de hombre. También me visitó antes del accidente para presentarme excusas por no haber acudido a nuestro encuentro. Un amor, te digo. El trabajo lo reclamó. Ya se sabe, con los artistas... El caso es que tenía mucho interés en conocerte, así que le di tu teléfono. Estaba segura de que te iba a encantar a ti también.
- Perdona, Almudena. Déjate de Ricardo. Quiero saber cómo estás tú.
- Pero, no me escuchas. No te precipites y deja de preocuparte. Estoy perfectamente. Por eso Albert no te dijo nada. Además, no había motivo alguno para crear alarma.
- Vale, vale. El que sí me ha alarmado ha sido el tal Roberto. Me abordó en pleno paseo no tuvo otra cosa que decirme que habías tenido un accidente. Me he puesto hecha una fiera con él.
- De eso no me ha dicho nada. Sólo que te había visto y que habíais hablado.
- Pues, a decir verdad, me he portado muy mal con él. No le he dejado hablar. Hasta lo he acusado de acoso. Qué vergüenza, madre mía.
- Yo que tú no me preocuparía. Es muy compresivo. Seguro que te llamará.
- Bueno, dejemos eso a un lado. ¿De veras no me necesitas? Puedo ir y ayudarte.
- Gracias, Amelia, pero de verdad que no es necesario. Estoy estupendamente. Si quieres venir que sea por otro otro motivo. Me encanta que vengas, ya lo sabes. De momento no podría ocuparme de ti mucho. El trabajo... Ahora es temporada alta y...
- Lo sé, nena, lo sé. Si estás bien, es todo lo que me interesa.
- La moda nos esclaviza. Pero me encanta mi trabajo. Te he escrito una carta. Ya la comentaremos bis a bis a su tiempo. Entretanto disfruta de la charla de Roberto, y de su compañía. No tiene mucho tiempo, pero espero que lo aprovechéis. No te hagas de rogar, muchacha. Y ahora tengo que dejarte. Recibirás mi carta pronto. Aún no la eché al correo.
Ya la comentaremos. Un abrazo, Amelia. Y gracias por llamar. Albert también te manda un abrazo.
- No me des las gracias. Era lo menos que podía hacer, Almudena. Otro abrazo para ti y para Albert.
Almudena colgó. Amelia sostuvo el teléfono unos segundos aún. Pensaba...
En un arranque de superación se dijo a sí misma: olvídate de todo. Cuando llegue la hora lo harás bien.
¿Daría Roberto señales de vida?
De pronto todo le resultó una bagatela. Inspiró en profundidad y cogiendo un libro que estaba leyendo hacía unos días y se entregó a la lectura olvidándose de todo.
fono.
Comentarios
Publicar un comentario