El concierto

Para ser una sala de conciertos, era, a decir verdad, un tanto extraña. Pero allí estaban los músicos
En uno de los rincones de la enorme sala, a la derecha.
El público, no muy copioso, por cierto, se arremolinaba prácticamente a la derecha también, dejando el resto de la sala vacía.
Amelia tomó una silla y se sentó en el centro. Su aislamiento no duró mucho. Momentos después dos familias ocuparon a su lado el espacio. Entre ellas, la más cercana era una jovencita relinda que saludó a Amelia casi cariñosamente y con una gran sonrisa que Amelia devolvió encantada.
Mientras los músicos afinaban sus instrumentos, la chica le tendió a Amelia un abanico. Lo cual agradeció ella efusivamente. Hacía un calor sofocante y había olvidado el suyo. Estaba pues, aireándose con el prospecto.
-Eres muy amable - comentó Amelia - dirigiéndose a la joven. Y añadió, gracias. Es muy bonito, y muy raro también.
La interpelada sonrió de modo misterioso. Era bellísima la chiquilla.
Amelia se enfrascó en la contemplación del objeto que, con su colores oscuros azules, verdes y cobres, y sus relieves - por cierto muy abultados - para tratarse de lo que se trataba. cuando alzó un momento la vista vio entrar en la gran sala a una vieja conocida. (Casi amiga). Ésta venía acompañada de otra mujer muy alta. Rubia y vestida de blanco. No puedo ver su rostro, pero sí el de Victoria, pues de ella se trataba. Tan morena como siempre y con un cutís terso de una adorable brillantez.
- Qué extraño - pensó Amelia. Victoria sin Pedro... A lo mejor se ha vuelto lesbiana. Rechazó la estúpida idea y volvió a enfrascarse en la contemplación del abanico. La fuente, en la parte posterior mostraba unas caras en forma de bellota bastante abultadas que se asemejaban a gnomos cuya raza era difícil de definir.
Abstraída estaba mirando el abanico cuando una voz muy conocida la despertó. Textualmente, la despertó.
En la radio, la voz de Juan Varea le dedicaba una pieza que ella adoraba. La danza de los espíritus bienaventurados de la ópera de C. W. Gluck.
Todo había sido un sueño, un sueño. Salvo la voz de Juan en la radio que era muy real.
¿Cómo sabía aquél hombre desconocido lo que ella amaba?



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