La pluma
Después de mencionar que había leído, entre otros La Odisea y La Ilíada, pero que seguían sin gustarme las películas de romanos, insistió en que las mejores películas que se habían rodado eran Ben Hur y...(vaya, he olvidado el título) otra en la que el recién fallecido Kirk Douglas; añadió, a los ciento tres años. Entonces-dije, debe ser algo de hombre y mujer.
Pero permítanme que comience.
Entró en la librería. Le rogué esperase un momento. La dueña estará aquí en breves momentos.
Dijo buscar tinta verde. Pues no puedo decirle si... pero le aseguro que si no la tiene aquí, no la encontrará, bla bla bla.
¿Usted tiene emociones? (Hopla, pensé, viene fuerte).
Yo soy la emoción respondí en una carcajada.
-Pues yo sólo la vivo con la mente.
Pues no me veas lo que te pierdes. Le dije tuteándole.
Fue entonces que comenzó a fardar. ¿Si me gusta el teatro?
¡Me encanta!
Nos enredamos en una conversación en la que tenía la sensación de que estaba ante un fantasmón.
Tras tocar temas que él sacaba y los que yo ya con algo de ironía respondía. Me dice que en el pueblo, y hace un gesto como abarcándolo con las manos, no sabe escribir. Y con pluma menos- añade. Pues yo se escribir y con pluma y pupitre donde había tinta azul - recalco.
Aquello ya me parecía un galimatías.
Cuando suelta. ¿Sabes que aquí estuvieron los romanos?
No me pude resistir. ¿No me digas? ¡No me lo puedo creer!
Sí, continuó. Durante quinientos años.
-O vaya, casi los mismos que nosotros.
Menos mal que apareció la dueña.
Pero lo más fue que tras la tinta verde (verde o roja) dije: carmesí, colorá, siguió impertérrito, quiero una pluma.
Otra mujer que había entrado cruzó su mirada con la mía.
Había estado pendiente de la "conversación" de los cinco sordos y nos entendimos sin mediar palabra.
Total que dio un ingreso de quince euros. La dichosa tinta que la dueña de la papelería estaba dispuesta a pedir para él costaba la fríolera de treinta y dos euros, ante los tres euros de un bote de tinta azul vulgarisch.
Los pagó y quedó en volver a recogerla. Las plumas que le mostró no lo convencieron.
Entré en el lío y pregunté a mi amiga si existía aún la tienda especializada en plumas de Málaga.
Le dio señales de la ubicación de la tienda en cuestión y se despidió.
A mí ni me saludó.
Allí fueron las carcajadas contenidas de las tres mujeres, pues Dolores, la dueña, también había captado parte de la conversación.
Pedante fue lo más lindo que pensamos.
Pero permítanme que comience.
Entró en la librería. Le rogué esperase un momento. La dueña estará aquí en breves momentos.
Dijo buscar tinta verde. Pues no puedo decirle si... pero le aseguro que si no la tiene aquí, no la encontrará, bla bla bla.
¿Usted tiene emociones? (Hopla, pensé, viene fuerte).
Yo soy la emoción respondí en una carcajada.
-Pues yo sólo la vivo con la mente.
Pues no me veas lo que te pierdes. Le dije tuteándole.
Fue entonces que comenzó a fardar. ¿Si me gusta el teatro?
¡Me encanta!
Nos enredamos en una conversación en la que tenía la sensación de que estaba ante un fantasmón.
Tras tocar temas que él sacaba y los que yo ya con algo de ironía respondía. Me dice que en el pueblo, y hace un gesto como abarcándolo con las manos, no sabe escribir. Y con pluma menos- añade. Pues yo se escribir y con pluma y pupitre donde había tinta azul - recalco.
Aquello ya me parecía un galimatías.
Cuando suelta. ¿Sabes que aquí estuvieron los romanos?
No me pude resistir. ¿No me digas? ¡No me lo puedo creer!
Sí, continuó. Durante quinientos años.
-O vaya, casi los mismos que nosotros.
Menos mal que apareció la dueña.
Pero lo más fue que tras la tinta verde (verde o roja) dije: carmesí, colorá, siguió impertérrito, quiero una pluma.
Otra mujer que había entrado cruzó su mirada con la mía.
Había estado pendiente de la "conversación" de los cinco sordos y nos entendimos sin mediar palabra.
Total que dio un ingreso de quince euros. La dichosa tinta que la dueña de la papelería estaba dispuesta a pedir para él costaba la fríolera de treinta y dos euros, ante los tres euros de un bote de tinta azul vulgarisch.
Los pagó y quedó en volver a recogerla. Las plumas que le mostró no lo convencieron.
Entré en el lío y pregunté a mi amiga si existía aún la tienda especializada en plumas de Málaga.
Le dio señales de la ubicación de la tienda en cuestión y se despidió.
A mí ni me saludó.
Allí fueron las carcajadas contenidas de las tres mujeres, pues Dolores, la dueña, también había captado parte de la conversación.
Pedante fue lo más lindo que pensamos.
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