El hotel de dédalo
El hotel de Dédalo
Cuando contrató irse de vacaciones a un hotel, lo hizo por el ya denostado método epistolar. Epistolar del viejo. Tipo escrito a mano y con estampita de correos incluida. De ese modo anticuado y obsoleto casi en el mundo entero, pues bien sabido es que hay otros mundos donde internet -seguramente a su pesar- no ha llegado y tal vez, solo tal vez nunca llegue. Sí querido lector, aún quedan mundos sin explorar, o tal vez debería decir donde el occidental no se ha establecido. Vaya, que no es bienvenido. Sí aún hay pueblos, tribus, clanes donde no desean copiar la cultura nuestra. Si bien, lo de nuestra, no sea la expresión más adecuada. Perdóname lector, la fuerza de la costumbre.
Y ahora retomo el comienzo. Como decía contrató un hotel, sin fotos ni videos. Sólo a base de descripciones muy elocuentes. De ahí a lo que encontró...¡Menuda sorpresa! Miraba y caminaba, si mirar y caminar fuera compatible. Se paraba y miraba sin poder salir de su asombro. ¿Cómo definirlo? No era muy ducha en esto de las descripciones arquitectónicas. Lo intentó a su manera.
<<Imagínate lector una colina. Una colina colmada de casitas, casitas de un blancor deslumbrante enmarcada entre pequeñas torrecillas, jardines, fuentes y arcos caprichosos. Una Alhambra en miniatura, pero sin muros exteriores>. ¿Te lo imaginas?. Pues justo así lo vio Amelia. Pero tenía otras peculiaridades a tener en cuenta. Y es que cada inquilino podía a su vez alquilar parte de su casita. Porque eso era aquel lugar. Un conjunto de casitas privadas que cada uno regentaba según su propio criterio.
No nos contó Amelia como se vio envuelta en aquella fiesta. El caso es que su entorno se llenó de fiesta y de gente conocida y desconocida donde ella servía copas y exquisitos manjares que los asistentes consumían con deleite y además compensaban de un modo nada convencional. El dinero no existía. Era, no sabía como decir lo que era. Y nunca lo supo. Eso comentó a sus amigos al volver. Para no saber, no sabía siquiera cómo había llegado allí. Apenas recordaba un viaje que denominaba cuasi- experimental sin tener una idea concreta de su significado. Solo sabía una cosa; había conocido la felicidad total. Tampoco sabía cuanto tiempo estuvo en aquel lugar. Y añadía, "ni falta que hace". Y siguió, "he aprendido algo que hacía tiempo había intuido, pero que nunca puse en practica: "el dinero no compra la felicidad". Frase más que manida, pero lector, trata de llegar a aquél lugar si no puedes entenderlo.
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