Los olores, ay, los olores
Cuando la cocina de la casa de los abuelos maternos (no conocí a los abuelos paternos) se llenaba del olor de la ropa interior del abuelo al plancharla. El olor de la tierra mojada por la lluvia, el olor de los pinos cuando jugábamos en " la piedra lisa" deslizándonos a modo de tobogán. Un tobogán en plena naturaleza. El olor azahar por la noche en el paseo, ya en Ciudad jardín, el olor de la madreselva, del jazmín. El olor de las moras que traía papá en una canastilla, moras blancas arbóreas. De nuevo en la tierra que me vio nacer. Pues tuve una infancia repartida entre Granada y Málaga. Y de ambas multitud de olores y por ende recuerdos anexionados a esos inolvidables lugares.
Sería interminable la exposición: olor, personas, tierra lugares donde el agua manaba sin cesar. Hasta el agua creías oler.
La tahona, cuando canasta en ristre llevábamos la olla con la masa de las madalenas, o de los bollos de san Marcos, o las empanadillas con cabello de ángel para rellenarlas allí mismo y hornearlas. Aún niña, pero dispuesta a ayudar a mamá, a la tía Aurora, ayudar en una palabra, sin alcanzar apenas a la mesa. Y sobre todo a embriagarme de aromas a canela y a pan recién hecho.
En fin el olor evocador, y las vivencias llenas de inocencia, llantos y risas. Mundos ya pasados que hoy me han sido devueltos a través de un programa de radio titulado Café del Sur titulado Los olores de la historia.
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