Diario
La noche ya ha extendido sus alas.
Me cobijo a su abrigo.
La vacilante luz de una vela pinta arabescos sobre el papel, en las paredes amarillas de la ventana que parece exhalar aromas de madreselva.
El corazón habla de ausencias. Suspira añoranzas.
El alma quieta, intrigada, escucha el silencio nocturno.
hay demasiada extrañeza y olvido.
No nos queda tiempo para la caricia lenta ni para la cercanía.
Atareados como estamos en correr, en ver mucho y sentir poco.
Impaciencia ha tomado los remos de nuestra embarcación que reman desesperada e inútilmente contra las olas.
De vértigo el ritmo, olvidados de valses y foxtrot, sacude frenético
el ánimo: grosero, impío, sin pudor.
¡Huye tú!
¡Escapa!
Tú que aún puedes.
El ruido oculta la vorágine que, abiertas sus fauces nos engulle en su núcleo sin perdón.
Me cobijo a su abrigo.
La vacilante luz de una vela pinta arabescos sobre el papel, en las paredes amarillas de la ventana que parece exhalar aromas de madreselva.
El corazón habla de ausencias. Suspira añoranzas.
El alma quieta, intrigada, escucha el silencio nocturno.
hay demasiada extrañeza y olvido.
No nos queda tiempo para la caricia lenta ni para la cercanía.
Atareados como estamos en correr, en ver mucho y sentir poco.
Impaciencia ha tomado los remos de nuestra embarcación que reman desesperada e inútilmente contra las olas.
De vértigo el ritmo, olvidados de valses y foxtrot, sacude frenético
el ánimo: grosero, impío, sin pudor.
¡Huye tú!
¡Escapa!
Tú que aún puedes.
El ruido oculta la vorágine que, abiertas sus fauces nos engulle en su núcleo sin perdón.
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