La hermosura exterior

Sus facciones eran de inmaculada perfección. El perfil de la boca, el color de sus ojos almendrados y melosos, la curvatura de sus cejas, su nariz en perfecta armonía con todo su rostro y hasta el óvalo de él era perfecto. Era una mujer bella. Muy bella. Bellísima. No parecía haber en ella nada feo salvo sus tobillos un poco gruesos. Alta, delgada, serena en su caminar, en su modo de moverse. Su sonrisa cuidadosamente esbozada, no dejaba huella alguna, ni la más pequeña arruga que se pudiese formar de haber reído de modo grosero. Y así, le dirigió una mirada y una sonrisa extremadamente diabólica  a la niña, cuando esta bajaba aquella tortuosa escalera hipando de desesperación en busca de sus tíos.
Habían recorrido al menos unos cien kilómetros para ir a visitarla aquel fin de semana nevado y frío y habían llevado consigo a dos amigos. La niña los recibió alborozada, felíz.
Uno de los amigos, se lo contó a la niña meses después su tía, les había comentado, que no comprendía como una chiquilla del cálido sur, era capaz de soportar aquel lugar ni siquiera por una semana. De meses ya ni hablo, apostilló. Y además con una sonrisa. Es sorprendentemente valiente.
¿Tan duro fue? Preguntó la tía. La muchacha sonrió al responder. Ya no tiene importancia. Dijo.
Pasaron juntos el fin de semana. La chiquilla reía sin parar. Contestó a todas las preguntas del desconocido. La otra mujer que los acompañaba apenas hablaba. La niña le dijo ¡qué guapa eres! A lo que ella respondió con una suave sonrisa y un apenas audible, ¡gracias!
Corrieron las horas.
Se despidieron en la habitación de la muchacha.
No bajes, hace mucho frío, dijo alguien, no distingue la niña quién.
Besos, abrazos, promesas de volver lo antes posible. Apretones de manos para los desconocidos. Era la costumbre del lugar. Salieron de la habitación. ¡Hasta pronto, nena, hasta pronto!
A los pocos minutos, la fortaleza de la niña se vino abajo al saberlos que partían y bajó como loca la escalera cegada por las lágrimas.
La amiga de sus tíos, se había detenido en el último peldaño mientras esperaba que el coche estuviera en marcha. Alzó su mirada hacia la niña. Una sonrisa helada bailaba en su boca y una gélida mirada pareció decirle, yo que tú no daría ni un paso más. Aquella esfinge paralizó a la chica que, sin saber por qué, se detuvo en seco y temblando. Al cabo de cuatro meses y ya de vuelta en casa de los tíos, vinieron de visita aquellos amigos.
Se reencontraron la chiquilla y la desconocida en el baño donde la muchacha había entrado como una tromba. La mujer se miraba en el espejo. Pasaba sus dedos por su boca, por sus sienes con una delicadeza sutil que parecía decir, qué belleza la mía; todo en en mi es terso, suave, a pesar de los años...
La muchacha la miró con una expresión de profundo terror y salió del baño diciendo en voz baja,¡perdón!
Ahora, ya toda una mujer, la niña se preguntaba ¿qué habrá sido de aquella belleza? Eso sí, supo que, no era la mujer de aquél otro amigo que la acompañaba y  del que pasado un poco de tiempo se enamoró. Tampoco de él supo mucho más salvo que se había casado y había regresado a su país.

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