Diario amigo
No canté bajo la lluvia ni pisé charcos ya, hasta evité mojarme, cosa que no hice bien. Pero, pero mereció la pena caminar bajo la lluvia que, a veces, se colaba cuello abajo cuando la avenida se abría al mar. En el pueblo dos almas y trescuartos. Como si hubieran cerrado las calles a los animales racionales bípedos. Entré en un bar. Libro en ristre para esperar que abrieran las tiendas y así poder visitar a mi amiga Lola. Cortés el camarero y hasta un señor algo bebidillo apenas me dejaban leer, lo que no importaba mucho porque el libro que llevaba en prevención de esperas lo leía por enésima vez. Me vino bien porque así se lo pude recomendar a Laila - manceba de la farmacia Laza - la cual se apuntó a que se lo pidiera en su nombre a Librería La Mínima, cosa que hice no más llegar a casa. Seda de Alessandro Baricco. Así se titula.
Seguí caminando en busca del encuentro con Lola Papelería Librería Libra, para poder charlar todo lo que nos permitiera la ausencia de clientes que prometía ser mucho. Una voz algo confusa gritó algo que deduje tía Mariiiii. Qué barbaridad ya oigo hasta alucinaciones. Pues no me ha parecido haber oído el nombre con el que la familia me llama. (Los otros dos pá el papeleo. Así van las cosas y así se las cuento).
Efectivamente, era mi sobrina Lucía. Repitió la llamada. Tía marííí.
Bueno, beso y lluvia. Beso mojado. Sabrosón.
Bla, bla, bla.
Bla bla bla.
Oye, ¿tienes coche?
Sí.
¿Lo tienes lejos?.
¡Justo aquí!
¿Me subirías a casa?
Sí, tengo que estar en casa a las...porque...
Miro el rejoj del coche. Entonces lo dejamos.
No, te llevo.
Diez minutos quizá hablamos y ya estábamos a gusto cuando las luces de otro papú hicieron que nos despidiéramos no sin antes prometernos una comidita la semana entrante.
(Sería mi ying o mi yang el que sin piedad susurraba: sí como todas las otras que nunca...) Pero no, sería seguramente el ángelito blanco y el diablo rojo los que susurraban en franca lid.
Nos separamos.
Una alegría tontícola saltaba en mis interioridades (jajajaja) como niño en los charcos.
Podría haberle dicho, pero si con que me digas hola por whasapp o por Facebook ya me pongo contenta. Pero no se lo puede decir. No queríamos enfadar al conductor que esperaba. Paciente. Muy paciente él o ella. La lluvia amansa las fieras.
Una vez en casa me dije: perdona Lola, me he vendido por poco. Ya sabes, justo como pienso y digo; si supiéramos por cuán poco nos vendemos a diario...
Qué bonita la lluvia, si bien ni canté bajo ella, ni salté sobre los charcos.
Seguí caminando en busca del encuentro con Lola Papelería Librería Libra, para poder charlar todo lo que nos permitiera la ausencia de clientes que prometía ser mucho. Una voz algo confusa gritó algo que deduje tía Mariiiii. Qué barbaridad ya oigo hasta alucinaciones. Pues no me ha parecido haber oído el nombre con el que la familia me llama. (Los otros dos pá el papeleo. Así van las cosas y así se las cuento).
Efectivamente, era mi sobrina Lucía. Repitió la llamada. Tía marííí.
Bueno, beso y lluvia. Beso mojado. Sabrosón.
Bla, bla, bla.
Bla bla bla.
Oye, ¿tienes coche?
Sí.
¿Lo tienes lejos?.
¡Justo aquí!
¿Me subirías a casa?
Sí, tengo que estar en casa a las...porque...
Miro el rejoj del coche. Entonces lo dejamos.
No, te llevo.
Diez minutos quizá hablamos y ya estábamos a gusto cuando las luces de otro papú hicieron que nos despidiéramos no sin antes prometernos una comidita la semana entrante.
(Sería mi ying o mi yang el que sin piedad susurraba: sí como todas las otras que nunca...) Pero no, sería seguramente el ángelito blanco y el diablo rojo los que susurraban en franca lid.
Nos separamos.
Una alegría tontícola saltaba en mis interioridades (jajajaja) como niño en los charcos.
Podría haberle dicho, pero si con que me digas hola por whasapp o por Facebook ya me pongo contenta. Pero no se lo puede decir. No queríamos enfadar al conductor que esperaba. Paciente. Muy paciente él o ella. La lluvia amansa las fieras.
Una vez en casa me dije: perdona Lola, me he vendido por poco. Ya sabes, justo como pienso y digo; si supiéramos por cuán poco nos vendemos a diario...
Qué bonita la lluvia, si bien ni canté bajo ella, ni salté sobre los charcos.
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