Carta a Doña María Zambrano

Admirada Doña María:
                                    Perdone el atrevimiento de dirigirme a usted que de nada me conoce.
Hace tiempo, mucho tiempo que supe de usted y ya comencé a admirarla, si bien osaba, mientras leía sus textos,   mostrarme en desacuerdo. ¿Se puede ser más ignorante? Es lo que ocurre cuando,  quién como yo, se lanza a la contradicción por mero impulso. ¿Cómo podía poner en jaque su opinión sin conocimiento de nada? Ahora, mucho tiempo después, me doy cuenta de mi descaro, de mi insolencia.
Discutía con usted sobre los términos rebelión y revelación, (es un modo de hablar eso de discutir con usted)),  sin otro argumento que la propia rebeldía. Negaba y renegaba de darle a la revelación oportunidad alguna considerando demasiado mística tal postura.
¡Qué torpeza la mía!
Ya había experimentado esa revelación en mi misma sin saber que había sido una revelación.
Posiblemente pensé entonces que, la revelación se "aparece" una vez en la vida y que es de orden divino. De ahí mi rechazo. Perdone mi insistencia. No es más que un signo de mi inseguridad.
Las cosas se pueden decir de tantas maneras. Es necesario pensar en la dirección adecuada y durante mucho tiempo para llegar a la certeza y a la convicción. Al menos en mi caso que, como ya habrá comprobado es sencillamente desconocimiento en estado puro.
Por todo ello le pido humildemente perdón Doña María.
Ya lo dijo otra gran señora: la religión es el opio de los pueblos. Y aunque intente desligarme de determinada "educación" no distingo a veces si está en mí o, ha sido inyectado.
Admiro su gran certeza y cómo no sus argumentos para definirla. En fin, doña María, la admiro a usted profundamente.

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