Un extraño ruido le sacó del lecho. Clareaba el día. Se acercó al ventanal para tratar de localizar el ruido, pero sin saber como, se quedó pensativo. Nada veía, nada oía. Las sombras que cruzaban la calle, de haberle preguntado, no  hubiera podido decir si eran sombras de hombre, de mujer, de coche o de qué. Aún tardó en retirarse de la ventana y volver en sí. Las aves trinaban. Algunas desaforadas, ya casi violentas. Hizo un gesto con la cabeza. ¿Qué le importaban a él los cotílleos pajariles?. Tenía que ir a trabajar, y no tenía ganas de hacerlo. Pensó en su hija adolescente que no entendía aquello de deber hacer, ni tener que hacer. ¿Qué sabría ella?. Su mujer y él se habían debido equivocar. Se daba cuenta de que habían regalado demasiado a su hija. Que eran ellos los que no habían sabido inculcarle el sentido del deber. Del tener que hacer ya se encargaría la vida pensó, como él iba a trabajar cada día,  aún sin ganas. A la fuerza ahorcan pensó.
Se encaminó hacia la cocina a preparar el desayuno. (Esta semana le tocaba a él). Al principio, cuando  Laura su mujer le propuso las diferentes tareas del hogar refunfuñó, pero con el tiempo hasta le gustaba hacer algunas. Otras las odiaba a muerte. -Pues así sabrás como me siento, le había respondido Laura, ¿o es que te crees que a mi me gustan?. Si había de ser sincero, tenía que decir que eso era algo que nunca se habia planteado.
¿No habían educado bien a la hija, o era él quién había contribuido a ello en gran medida?. ¿No había sido él quién, ante las negativas maternas sobre algunas peticiones, se había compinchado con su hija  sin otro motivo que su propia comodidad?.
Arrastrando los pies se dirigió a la cocina.
¿Quién dice que somos los autores de nuestro propia vida?



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