Obani
La playa se encajaba en un profundo barranco. Mientras miraba por donde podía bajar, las hermanas
que estaban allí, Emilia y Fermina, habían desaparecido. (Atentos psicólogos). Mientras me preguntaba dónde podían haber ido, me encontré en un amplísimo portal de un banco en calle Larios.
Un hombre de una edad indefinida que calculé entre cuarenta y cuarenta y cinco años, me miraba
con obstinación. Cambié de sitio. Pero se acercó a mí. En la mano llevaba una especie de tebeo o ilustración apaisada algo arrugada. Me la tendió y me dijo: esto lo has escrito tú Obani. Tomé el tebeo que me tendía y me puse puse a leer anonadada de que supiera el nombre con el que había firmado. Era una protesta contra la injusticia que se llevaba a cabo, especialmente en América del Sur. Contra los asesinatos de campesinos y otras mil barbaridades que sólo el hombre es capaz de cometer por ambición.
¿Me has llamado Obani? Sí, es mío. ¿De dónde lo has sacado? Nunca lo edité. Pero lo publicaste en Internet. Es cierto, pero hace tanto tiempo de eso. Incluso lo hice en una cuenta anónima a la que por cierto no pude regresar nunca más. Ni expertos lo lograron.
Me despedí de él con un apretón de manos y comencé a caminar.
No tan de prisa, por favor. Vamos a tu casa y hablamos.
No le hice el más mínimo caso, y en un silencio más que significativo,le dije un contundente adiós.
De nuevo en la vigilia, me dije: pero qué malabares son los sueños.
que estaban allí, Emilia y Fermina, habían desaparecido. (Atentos psicólogos). Mientras me preguntaba dónde podían haber ido, me encontré en un amplísimo portal de un banco en calle Larios.
Un hombre de una edad indefinida que calculé entre cuarenta y cuarenta y cinco años, me miraba
con obstinación. Cambié de sitio. Pero se acercó a mí. En la mano llevaba una especie de tebeo o ilustración apaisada algo arrugada. Me la tendió y me dijo: esto lo has escrito tú Obani. Tomé el tebeo que me tendía y me puse puse a leer anonadada de que supiera el nombre con el que había firmado. Era una protesta contra la injusticia que se llevaba a cabo, especialmente en América del Sur. Contra los asesinatos de campesinos y otras mil barbaridades que sólo el hombre es capaz de cometer por ambición.
¿Me has llamado Obani? Sí, es mío. ¿De dónde lo has sacado? Nunca lo edité. Pero lo publicaste en Internet. Es cierto, pero hace tanto tiempo de eso. Incluso lo hice en una cuenta anónima a la que por cierto no pude regresar nunca más. Ni expertos lo lograron.
Me despedí de él con un apretón de manos y comencé a caminar.
No tan de prisa, por favor. Vamos a tu casa y hablamos.
No le hice el más mínimo caso, y en un silencio más que significativo,le dije un contundente adiós.
De nuevo en la vigilia, me dije: pero qué malabares son los sueños.
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