Entre sueños y vigilia

 Amelia:staba se prepara para recibir visita.

 Estabamuy ocupada pensando y organizando la cena para Petra y Alex. Deseaba sorprenderlos.
Siempre le ocurría lo mismo cuando tenía algún invitado. Le gustaba no solo agasajar sino asombrar.
Poner una nota distinta en la mesa. Esta vez tenía algo demasiado infantil in mente. y pues que no era tiempo de rosas, había decidido salpicar el mantel con estrellas, corazones, campanillas y otros recortes que guardaba para algunas manualidades que a ella le parecían divertidas, si bien estaba segura de que como artesana no ganaría ningún premio. Esta idea la hizo sonreír sotabarba.
Tan absorta estaba que no oyó el teléfono. Para cuando quiso darse cuenta ya habían colgado.
< Si tiene algo que decir insistirá de nuevo>, se dijo dirigiendo sus pasos hacia la cocina. < ¿Una salsa verde para las endibias sería apropiada?>. Nunca la había probado. <¿Casaría bien con un toque de atún en la salsa?> Puso manos a la obra con un poco de material para poder catarlo antes. 
<Estoy perdiendo la cabeza>. ¿Desde cuándo hago algo para probar?. Siempre me dejo llevar por el instinto y pocas veces falla.
- Pocas, pero te falla dijo la voz interior quisquillosa.
-Tienes razón colega, mucha razón. Y se echó a reír. Sentaba bien reírse de si misma. Otra cosa muy distinta era, que lo hicieran los demás. 
Aún sentía en su interior las burlas de los tíos y hermanos cuando era chica. De algún zarrapastroso que en la calle le dijera fea o simplemente algo que entonces, y sin saber que significaba,  la hiciera sentirse escandalizada y rabiosa. Debieron pasar años antes de conocer la palabra obsceno. Era tan visceral aún hoy...
Cruzó por su mente el malestar que le causaban determinados personajes históricos y no tan históricos. Su vientre le avisaba de que era alguien indigno de llamarse ser humano. Claro que también se había equivocado alguna vez. Pero ¡ basta! ¿ En qué berenjenal se estaba metiendo?  Aquello era muy desagradable. ¿Cómo se había dejado llevar por tal oscuridad?
<Céntrate, Amelia, piensa en la salsa y en la alegría que te causa que venga el torbellino rojo y su marido>. Y  pensado que hubo tal cosa  se puso a cantar algo acorde con la tan esperada visita.
Esta vez sí escuchó el teléfono. Se seco las manos y corrió hacia el zaguán.
-Residencia Rockefeller, dígame.
-Estamos de buen humor, ¡eh! La cena de mañana será todo un éxito, estoy seguro.
-Pensé que me había librado de ti Juan.
-¡Qué bueno que recordás mi nombre!
-Es que no conozco a nadie que cambie tanto de acento como tú. Ni de vida- añadió irónica.
-¿A qué os referís Amelie?
-Ya tú sabes Guan,- dijo Amelia empleando o tratando de imitar el tono de su interlocutor para añadir seguidamente, a mi también se me da bien.
-Eso lo he sabido de siempre, mi china.
Amelia lanzó una sonora carcajada.
-Eres incorregible.
-Como me gusta cuando te ríes. Casi tanto o más que cuando cantas o bailas aquello de "A mí me gusta bailar/con una negra culona"... Ahí bailas como una auténtica cubanita.
-¡Te has despertado múúúú grasiosillo! ¿O debería emplear el tono argentino?
-Menuda mezcolanza empleaste mi negra.
-Tengo un buen maestro.
-Eso lo tenés vos de siempre.
-Me inclino ante el gran conocimiento que tenés vos de mi humilde persona. Y volvió a reír.
Bueno, querida Amelie, estarás muy contenta de la visita que esperas y de tu amor incondicional por Petra.
-Para el carro. Me pones de los nervios. No es tan incondicional. Me enojo conmigo misma y con el rascacio de Petra. Eres más nietzscheano que Nietzsche. ¿De dónde sacas todo eso?
-Piensa, Amelie, piensa- dijo Juan y añadió: ahora he de dejarte, el mundo me llama.
-Espera, espera, tengo algo que...
La señal del teléfono le indicó que Juan había cortado la comunicación.
Algo enfadada regresó a la cocina y comenzó a cantar. No se iba a dejar quitar la satisfacción y la alegría que sentía por un extraño. ¿Extraño?. Lo que era extraño era que...
Una canción entró en su mente: "Ya no vuelvas José Alfredo/ dormí con el bar entero..." Y comenzó a reír a carcajadas. <Mae mía, Mae mía>, remedó a una conocida poniéndose a pelar, cortar e inventar.
Pasaron las horas lentamente. Hasta que no estuvieran ante ella estaría inquieta. Le gustaba la puntualidad y esperaba que Petra cumpliera con el horario. 
Al fin llegó la hora. Pasaron diez, veinte, treinta, cuarenta minutos. Su ira la reconcomía por dentro.
este país no tiene arreglo. Tenemos lo que nos merecemos y sálvese quién pueda- murmuraba entre dientes enrabietada cuando oyó el silbido familiar. Hizo caso omiso. La voz de Petra se alzó en la calle-
¡tita! ¡Ya estamos aquí!
Amelia continuó callada. Sonó el teléfono: tita, ¡que estamos aquí!
-¿Y que quieres? Abre la puerta o es que te has olvidado de...
-Vale, vale, ya me acuerdo. Estamos dentroooo.
Sonó el timbre de la puerta. El abrazo borró la ira de un plumazo. No obstante protestó por el retraso.
-¡Qué falta de respeto!
Y se enfrascaron en una conversación que les llevó varias horas. 
Mañana tenemos que madrugar, dijo Petra y Alex afirmó, estoy muerto.
¡Pero que poca calidad tenéis los jóvenes! He cerrado los bares y hasta me he ido al trabajo sin pasar por casa. Pero bueno, a dormir. A mí aún me queda un rato.
Te ayudamos a... Amelia no les dejó concluir la frase. 
-No, sois mis invitados. Cuando lo necesite os lo haré saber.
Se abrazaron de nuevo. Le gustaba Alex, su forma de pensar. Tenían muchas cosas en común.
-Esto habría que repetirlo al menos cada dos meses, dijo Alex.
-No te dispares, Alex. Pero muchas gracias. Me lo he pasado genial.
Aún duró un poco la despedida. 
Amelia estaba tan feliz que tardó en irse a la cama.
Y colorín colorado...









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