Entre sueños y vigilia

 La vida y la muerte son una misma cosa.
Sonó lejano el timbre de la puerta. Oyó un repique de cristales en la puerta de su habitación. Las sombras se divertían cuando la muerte se acercaba o se había llevado a algún ser cercano. Siempre lo mismo. No abrió la puerta, no hizo caso del sonido sobre los cristales; pero se dirigió a las sombras. "Gracias por arroparme". Es bueno saber que descansáis ya. Libres al fin de este envoltorio de piel que más penurias que alegrías suele dar. Y continuó: creo estar preparada hace mucho ya, pero también experimento miedo. A la forma, ya lo sabéis. Alguno de vosotros ha conocido el dolor más agudo de los dolores al marcharse. Uno especialmente no pudo con el dolor de su alma y tomó la decisión por su cuenta y riesgo. Qué valentía la suya, y qué dolor se sumó a la incertidumbre y a la culpa de los que dejaste aquí. Aunque nunca, nunca tan grande como el suyo. Cómo de horroroso debió ser. ¿Cuánto tiempo duró?".
No encontró respuestas convincentes. Es más, se dijo,  la duda siempre vence. Al menos a ella. A la duda, la conoce bien. <No tengo certezas>-
El resonar de todos estos pensamientos volvía, esta mañana tan azul, justo con el comienzo del verano y con inusitada fuerza.
La muerte nos trae añoranzas de cosas inexistentes. El amor se crece con la pérdida. 
Los soliloquios de siempre.
De pronto volvió en sí. Había olvidado donde se encontraba.  Miró a María José que también parecía sumida en algún pensamiento.  Con un supremo esfuerzo volvió a la realidad y estrechó la mano de su amiga. ¿Qué otra cosa podía hacer ante aquella avalancha de duelo?.
-Comprendo tu dolor, amiga mía. Pero no lo siento como tú. El dolor de la pérdida la siente solo el que la vive.  Y hay tantas formas de duelo...
-Gracias, Amelia, sé que estás a mi lado. Es más que suficiente, también tú has has pasado por las más dolorosas pérdidas. La experiencia, dicen, es un grado. Si bien hoy no parece estar de moda. Creemos a veces que todo tiempo pasado fue mejor, pero es un dicho vacío de sentido. Nunca fue el pasado mejor.
-Parecemos dos abuelitas, María José. 
Y, como en todo duelo que se precie no pudieron evitar la risa.
La noche fue larga, pero en un momento dado, y sin siquiera notarlo, ambas se sumieron en un sueño profundo y sanador.
Se despidieron dos días después.
La vida con su pujanza supera las penas y florece de nuevo como en una eterna primavera. Y aunque hay alguna que otra  excepción...
Pero,  esa, es otra historia.


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