Entre sueños y vigilia

 Amelia se encontraba en un lugar tan desconocido como familiar. Con ella se encontraban Alonso y Álvaro, el recién fallecido padre de Petra. Todos eran muy jóvenes.
Álvaro se dirigió hacia una silla arrumbada y mostrándola les dijo: ¿No es bonita? ¡Es una pena que la hayan tirado.
Llegó un conocidísimo actor que traía a Petra bien chiquita a hombros. No debía llegar aún a los dos años.
El actor se la pasó a Amelia que la cogió en brazos no sin cierta dificultad. El actor era gigantesco.
Cuando Petra estuvo en brazos de Amelia dijo compungida: tita, me he roto dos dedos del pie y me ha dolido mucho. 
¡Ay, mi niña, exclamó Amelia triste, lo sé, y la abrazó con fuerza.
Petra vivía el dolor con tal intensidad que a punto estuvo Amelia de llorar.
Todo desapareció como por ensalmo. 
En su ánimo una ternura infinita embargaba a Amelia.

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