De la tiranía

Decía Don Eduardo Gaelano que, no podíamos los muchísimos contra los pocos poderosos porque todos llevamos un tirano dentro.
Y aunque sea doloroso, he de decir que ayer descubrí el mío.
Para ello he de narrar con la mayor brevedad posible lo que sigue:
Me ofrecí para apoyar a niños con dificultades económicas en una ONG.
Se presentó una  mamá con su hijo y en el transcurso de la conversación surgió que yo había dado clases de alemán. A lo que la mamá también se apuntó.
Hablamos de lo mal que lo están pasando. 
Fui compartiendo con ella, comida, ropa.
Se ofreció a hacer algo por mi. La compra, por ejemplo. Así que ayer, como debía venir le dije que comprase para mi esto y para ella aquello. Le dí el dinero aproximado y cuando llegó, le pedí el ticket. Ella vació el monedero diciendo que había comprado...
Venía con las niñas, así que no venía a clase. Le ofrecí asiento y comenzó a hablar de lo mal que estaba.
Una de las crías, habladora y exigente al cabo del rato me dijo que tenía hambre. En otra ocasión también ya vino e igualmente y dijo tener hambre. Le hice algo de comer. El resto que quedaba, de jamón cocido, se lo metí en una bolsa para que se lo llevaran. (No era en resto pequeño. Estaba comprado del día anterior y sería pues casi el medio quilo). 
En fin, que comencé a sentirme mal con la mamá y su eterna queja de que nadie la ayudaba. El marido cobra desempleo porque recién se quedó sin trabajo.
No voy a darle más vueltas, lo cierto es que ayer sólo tenía la pechuga que ella me había comprado y me dio pereza ponerme a hacersela a la niña.
De algún modo ya estaba molesta y no veía el momento de acabar con la situación.
Y, no doy con la palabra con la que se deduce en los cuentos la enseñanza, si es que esto tiene alguna: que mi generosidad estaba limitada a lo que yo quería y no a lo que se pedía: vedado o con claridad.
Así pues, compruebo que efectiva y desgraciadamente don Eduardo tenía razón.
Todos llevamos en nuestro interior un tirano. Al menos yo.




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