La vejez
Debe ser eso que llamamos vejez, Sí, eso debe ser, porque nunca con anterioridad me habían asaltado los recuerdos de un modo tan asiduo ni con tanta nitidez. Tan vívidos se han vuelto que pareciera estar viviendo de nuevo el pasado.
El recuerdo de papá en su lecho final diciéndome: Mari, prepárame un café.
Papá, son las dos de la mañana. Ahora no necesitas un café. A lo que él me respondió: ¡qué sabrás tú lo que yo necesito!
Cúanta razón tuvo. ¡Qué iba yo a saber!.
Años después, justo los que el tenía cuando se fue, tengo ahora, y he tenido muchas veces la necedidad de algo, trivial tal vez, pero no por eso me era menos necesario. Y comprendo ahora mejor que nunca la necesidad de papá y mi desconocimiento, y mi egoista proceder, aunque por deber le atendiera.
El recuerdo de papá en su lecho final diciéndome: Mari, prepárame un café.
Papá, son las dos de la mañana. Ahora no necesitas un café. A lo que él me respondió: ¡qué sabrás tú lo que yo necesito!
Cúanta razón tuvo. ¡Qué iba yo a saber!.
Años después, justo los que el tenía cuando se fue, tengo ahora, y he tenido muchas veces la necedidad de algo, trivial tal vez, pero no por eso me era menos necesario. Y comprendo ahora mejor que nunca la necesidad de papá y mi desconocimiento, y mi egoista proceder, aunque por deber le atendiera.
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