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Le despertó el viento.
El viento, enojado, muy enojado, hacía temblar los cristales, chasquear las grandes hojas de las palmeras y alguna que otra puerta mal cerrada de la vecindad. Vio que la madrugada era blanca. Mala cosa, pensó. Día blanco, noche blanca. Y la luna ocultando su luz.
-He escrito tantos libros, todos inacabados.
Hoy, comenzaré otro.
Pensó en las mujeres que habían pasado por su vida. Chasqueó la lengua. Como aquella, ya no tan joven, morena de senos duros como el pedernal...
Recordó su tacto. Blando y duro a la vez en el centro. Como si un par de grandes botones se hubiesen escondido en ellos. Su piel tan suave, su pelo de seda. ¡Uhm!...¿Por qué ahora?
¿Por qué en la noche blanca, cuando el viento soplaba iracundo y su cuerpo estallaba en un puro dolor?. Ni siquiera recordaba su nombre. Solo su tacto y sus movimientos de gata amorosa y salvaje.
Se esfumó como vino. Su adiós seco, resonó en su memoria junto al vibrante sonido de su risa.
Nunca más supo de ella.
La había amado. Con un amor de pérdida incluida. Alguien así no se detiene en un lugar durante mucho tiempo. Tampoco su propia cabeza, que a su pesar ya había tomado otro rumbo.
La noche blanca, el viento, como sus ideas, inquieto y furioso bramaba fuera.
El viento, enojado, muy enojado, hacía temblar los cristales, chasquear las grandes hojas de las palmeras y alguna que otra puerta mal cerrada de la vecindad. Vio que la madrugada era blanca. Mala cosa, pensó. Día blanco, noche blanca. Y la luna ocultando su luz.
-He escrito tantos libros, todos inacabados.
Hoy, comenzaré otro.
Pensó en las mujeres que habían pasado por su vida. Chasqueó la lengua. Como aquella, ya no tan joven, morena de senos duros como el pedernal...
Recordó su tacto. Blando y duro a la vez en el centro. Como si un par de grandes botones se hubiesen escondido en ellos. Su piel tan suave, su pelo de seda. ¡Uhm!...¿Por qué ahora?
¿Por qué en la noche blanca, cuando el viento soplaba iracundo y su cuerpo estallaba en un puro dolor?. Ni siquiera recordaba su nombre. Solo su tacto y sus movimientos de gata amorosa y salvaje.
Se esfumó como vino. Su adiós seco, resonó en su memoria junto al vibrante sonido de su risa.
Nunca más supo de ella.
La había amado. Con un amor de pérdida incluida. Alguien así no se detiene en un lugar durante mucho tiempo. Tampoco su propia cabeza, que a su pesar ya había tomado otro rumbo.
La noche blanca, el viento, como sus ideas, inquieto y furioso bramaba fuera.
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