Anna Jakob
De nombre de soltera Jakob y socialista de convicción .política y humana, hubo de mover cielo y tierra para verificar que su apellido Jakob, no estaba relacionado con judío alguno.
Mientras su hijo mayor, ejemplo y admiración de toda la vecindad de la calle Puente, ejercía a los diez años como un auténtico ejemplar de joven nazi, y su esposo en el frente ruso soldado, que no de plomo, se jugaba la vida.
El hermano menor, contaba Anna, pues ese era su nombre de pila, sufría aterrado "los juegos de su hermano" el que tomándolo de la mano se la posaba en la estufa de hierro, o de plomo o de quién sabe que material, riéndose hasta que el llanto del más chico atraía a la madre. Contaba moviendo la cabeza compungida todavía años después. Mientra continuaba su narración.
Sobrevivió el padre a la guerra. No así mi hijo mayor que murió ahogado en el río. Nadie supo decir cómo.
El más pequeño fue ingresado con tisis en un hospital suizo. Mientras yo me cuidaba de mi hombre tísico a consecuencias del frente, pero sin salvación posible, contaba Anna con los ojos húmedos.
Eran días, decía, en los que al pequeño Jorg, se le aflojaba el vientre cada vez que sobrevolaba un avión. Y esto duró aún cuando la guerra había acabado.
Y ésta es la época que marcó todo en mi vida, dijo secándose los ojos con una esquina del delantal.
Sobrevivimos mi hijo el menor y yo. Pero la vida nunca más me regaló nada, salvo la vida.
Ahora alquilo alguna habitación a extranjeros. Nadie más quiere una habitación sin baño.
Yo me ducho en el hotel donde trabajo de camarera de habitaciones.
A mi hijo no le falta nada. Pero no es un niño alegre.
Y yo, aunque me río a veces, tampoco lo soy.
Los nazi hicieron algo más que matar judíos. También mataron a muchos alemanes que no estábamos sino aterrados porque se supiera que opinábamos de otra modo, que por temor guardábamos celosamente silencio.
A mi marido no le quedó otra que jugar a ser soldado. Y a mí a aceptar nuestro sino.
Mientras su hijo mayor, ejemplo y admiración de toda la vecindad de la calle Puente, ejercía a los diez años como un auténtico ejemplar de joven nazi, y su esposo en el frente ruso soldado, que no de plomo, se jugaba la vida.
El hermano menor, contaba Anna, pues ese era su nombre de pila, sufría aterrado "los juegos de su hermano" el que tomándolo de la mano se la posaba en la estufa de hierro, o de plomo o de quién sabe que material, riéndose hasta que el llanto del más chico atraía a la madre. Contaba moviendo la cabeza compungida todavía años después. Mientra continuaba su narración.
Sobrevivió el padre a la guerra. No así mi hijo mayor que murió ahogado en el río. Nadie supo decir cómo.
El más pequeño fue ingresado con tisis en un hospital suizo. Mientras yo me cuidaba de mi hombre tísico a consecuencias del frente, pero sin salvación posible, contaba Anna con los ojos húmedos.
Eran días, decía, en los que al pequeño Jorg, se le aflojaba el vientre cada vez que sobrevolaba un avión. Y esto duró aún cuando la guerra había acabado.
Y ésta es la época que marcó todo en mi vida, dijo secándose los ojos con una esquina del delantal.
Sobrevivimos mi hijo el menor y yo. Pero la vida nunca más me regaló nada, salvo la vida.
Ahora alquilo alguna habitación a extranjeros. Nadie más quiere una habitación sin baño.
Yo me ducho en el hotel donde trabajo de camarera de habitaciones.
A mi hijo no le falta nada. Pero no es un niño alegre.
Y yo, aunque me río a veces, tampoco lo soy.
Los nazi hicieron algo más que matar judíos. También mataron a muchos alemanes que no estábamos sino aterrados porque se supiera que opinábamos de otra modo, que por temor guardábamos celosamente silencio.
A mi marido no le quedó otra que jugar a ser soldado. Y a mí a aceptar nuestro sino.
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