Aceptación de una misma
Me educaron en el seno de la iglesia católica.
Fui mística y pendón.
Pequé gustosa cuando todo era pecado. Pecado amar a un chico, entonces, un hombre después, de modo que, los quince años los pasé en un triste y desarbolado descorazonamiento e incertidumbre negando el primer beso al primer amor, con unas rodillas temblorosas al mero acercamiento, al mero pensamiento de que llegara a besarme, y pensando que era el pecado el que me hacía temblar.
Nunca le perdonaré al pasado mentiroso que me negase lo que años después gocé con gusto pero a sabiendas de que no era los mismo. Porque a los quince años se es inocente y la inocencia nos fue envenenada de falsedad.
Me liberé de aquél Dios que condenaba el amor y con él la incertidumbre.
Cuando fui a casarme, me rogaron en casa que convirtiese a mi esposo protestante a la religión católica. Omití la pregunta que en mi interior a mi misma me hacía: ¿y quién me convierte a mi?
Empero me casé también por la iglesia por respeto al dolor de mis padres.
Al fin y al cabo cuando me divorcié, me importó un bledo la íglesia
y a decir verdad incluso mis padres pues, antepuse mi propia opinión eligiendo la libertad de decidir por mi misma.
Fui mística y pendón.
Pequé gustosa cuando todo era pecado. Pecado amar a un chico, entonces, un hombre después, de modo que, los quince años los pasé en un triste y desarbolado descorazonamiento e incertidumbre negando el primer beso al primer amor, con unas rodillas temblorosas al mero acercamiento, al mero pensamiento de que llegara a besarme, y pensando que era el pecado el que me hacía temblar.
Nunca le perdonaré al pasado mentiroso que me negase lo que años después gocé con gusto pero a sabiendas de que no era los mismo. Porque a los quince años se es inocente y la inocencia nos fue envenenada de falsedad.
Me liberé de aquél Dios que condenaba el amor y con él la incertidumbre.
Cuando fui a casarme, me rogaron en casa que convirtiese a mi esposo protestante a la religión católica. Omití la pregunta que en mi interior a mi misma me hacía: ¿y quién me convierte a mi?
Empero me casé también por la iglesia por respeto al dolor de mis padres.
Al fin y al cabo cuando me divorcié, me importó un bledo la íglesia
y a decir verdad incluso mis padres pues, antepuse mi propia opinión eligiendo la libertad de decidir por mi misma.
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