Cartas a un amigo desconocido

Te fuiste calladamente. Tú, precisamente tú. Ay, amigo mío, ciego, judío, gordo, feo. Amante de Julio Iglesias. Tú, que discutías de todo acalorada y apasionadamente. Tú amigo, te fuiste calladamente. O debería decir ciegamente....de mi vida.
Cerraste la puerta tras de ti dejándome-quién lo iba decir- anhelante de ti. Y enfadada contigo por tu abrupta decisión.
¿Recuerdas cuando y donde nos conocimos? Supongo que no. Tú que tan confuso andabas, sabiendo yo que te habías enamorado. Y como nunca lo estuviste según tus propias palabras, pues...
Viniste de tan lejos...  De aquél país que tú negabas estuviese en guerra y en el que moría gente y se mataba a gente y, que años más tarde se convirtió en una guerra descarada e injusta contra otro pueblo. El pueblo palestino y, que fue aislado con otro muro más de los que existen entre los pueblos. Como si no nos bastaran los muros nuestros, los propios, edificados por tontas soflamas. Incluso por los muros que nosotros inventamos.
Precisamente tu pueblo, que había conocido los horrores de una guerra escalofriante y sangrienta, no dudó en hacer lo propio por mucho que tú, negaras que ocurría. 
Pero dejemos la guerra, cualquier guerra atrás, aunque siempre nos amenace a uno o a otros, o se declare abierta acá y acullá. Dejémosla seguir su reguero de sangre y dolor y hablemos de ti. Mejor dicho, de nosotros, aunque ya con el tiempo poniendo hilos de plata en nuestro pelo, al menos en el mío- porque de ti nada sé- y, a decir verdad, también carezca ya de importancia.
Sí, hablemos.

Una amiga nos presentó. Estabais comiendo en un restaurante al aire libre, y pasé  por allí porque estabaís en mi camino. Asiduo camino de ida y vuelta a casa. Nos presentaron. Tenías acento, pero noté que hablabas muy bien español. Lo que tampoco es tan raro habiendo habitado entre nosotros durante siglos. De hecho estabas aquí porque tenías familia en España.
Al notar tu perfecto, o casi perfecto español,  te felicité.
Mi amiga me invitó a quedarme con vosotros y acepté encantada.
El café lo tomamos en casa. En mi casa.
Me ofreciste salir a comer al día siguiente.
¿Porqué no? Respondí. Naturalmente, añadí. 
No sé por qué acepté. En realidad ni me había pasado por la cabeza tener ningún tipo de contacto contigo.
A lo largo del almuerzo hablamos de tu tierra y de ti..
No habías nacido ciego. Carecías de padres y tenías sólo una hermana que vivía en una ciudad diferente de donde tu vivías.
Nos cayó la tarde encima, y cuando me invitaste a tu casa a un café acepté sin más. Y como la tarde, tú me caíste encima también.
La imprecisa compasión que sentía hacia ti y tu ceguera, se esfumó como por ensalmo, para dejar paso a una rabia sorda.
¡Gordo, feo, ciego! -Exclamé para mis adentros.
¿Con qué calidad te adornas para saltar sobre mi contra mi voluntad? Pero no dije más que: ¡¡ la guerra la dejas en  tu casa!!   Eso sí. A grito pelado y salí de allí dando un portazo.
Pensé que no volveríamos a vernos nunca más. Y si me apuras, no sé decirte en que situación volvimos a encontrarnos. Tú no podías verme y yo aunque te hubiese visto, no me hubiese hecho notar.
En modo alguno deseaba saber de ti.
Como bien dice el refrán, el hombre propone y Dios dispone. El caso es que volvimos a vernos.
Me llamó la  ex esposa de un familiar tuyo, que era una vieja conocida mía, la misma que nos presentó.  Quedamos a comer juntas. Poco antes de la comida, me dijo que venías a presentarme excusas, que no sabías que te había pasado, que tu nunca habías hecho nada semejante y que si me parecía bien, me quedara. Él vendrá a los postres, dijo refiriéndose a ti. Está muy confuso y quiere decírtelo personalmente. Quiere pedirte perdón.
Me puse muy nerviosa. No sabía como salir de aquel atolladero y así se lo hice saber a Glenda. Estas cosas no me gustan. Glenda  se llamaba  mi conocida. (Decir amiga hubiese sido demasiado).
 No se cómo comportarme y eso me agobia-le dije. Además no puedo dejar de pensar en por qué lo hizo, añado. ¿Qué hice yo para dar pie a su comportamiento? No dejo de preguntármelo.
-Te comprendo muy bien. Siempre nos echamos la culpa por todo, aunque no seamos culpables.
- Así es, muchacha, respondí.
Me quedé. Viniste, te excusaste e hicimos borrón y cuenta nueva.
No volviste a intentar ningún acercamiento impropio de la amistad que nos habíamos propuesto tener.
Pasó el tiempo. Tú ibas y venías de Israel y de otras ciudades europeas donde eras invitado a jugar al ajedrez.
Aún no sabía yo que los judíos erán muy discutidores, si bien a ti te ofendía que te dijera judío. Tú eras israelí, decías. Y además te reías de aquellos de los ricitos bajo el sombrero. Claro que también negabas que hubiera guerra en tu país.
Discutir era tu fuerte, y no te iba yo a la saga. Eso te enfadaba mucho, pero ya soy mayorcita para dejar que ni un ciego ni un vidente me mangonee-te decía.
Eramos una extraña pareja.
No bailabas. Pero yo si lo hacía delante de ti, dándole a mi cuerpo movimientos que, de haberlos podido ver te hubieran llenado de deseo. Y yo, sabiendo, que no podías verme, me imaginaba juegos eróticos. Sí, era algo morboso, que a ti no te era dado conocer. 
Así nuestra amistad fue convirtiéndose en un juego erótico, pero platónico, sin que tú participaras de él. Sólo yo y mi imaginación.
No sé que discusión nos separó, pero creo recordar una situación en la que una amiga mía intervino.
¡Ah sí!...Tú le tocaste la cara para reconocerla, pero no hubo manera de convencerla de que lo hacías para saber como era...El caso es que te defendiste exageradamente y yo, tontamente, me sentí celosa.
Aquella tontería dio pie a otras. Quizá el cansancio, quizá lo inexplicable de aquella relación sin rumbo, nos llevó al adiós definitivo.
Alguna vez te veo, pero no tengo la necesidad de hablarte, de hacerme notar. Total, ¿para qué?
Es de rigor añadir el estribillo aquél de: fue bonito mientras duró.



Comentarios

Entradas populares