La sombra rechoncha de sor Rosa María
Como niña que fui educada y criada en la fe cristiana, o mejor dicho en la fe católica, apostólica y romana, el ego para mi, aún hoy, es motivo de confusión.
Si analizo en profundidad, he de decir que, aquella monja sor Rosa María - gorda, bajita, siempre arrebolada de vete tú a saber de qué calores- se alza con la victoria contra mi eterna lucha con la "soberbia".
De nada me han servido las lecturas,( ni me sirven) las entrevistas que atenta atiendo cuando profesionales debaten u opinan sobre temas como la autoestima y similares. El estigma sigue ahí. No sé cómo encararlo.
Él, el estigma, aún suena en mis oídos como si fuese ayer a pesar de los años transcurridos. Sesenta y cuatro o sesenta y cinco.
<<Eres una soberbia>>
Total por hacerme pis encima a pesar de haber solicitado permiso para ir al baño reiteradas veces, y siéndome denegado a pesar de las recomendaciones paternas de que tenía la vejiga floja.
¡Quién no recuerda aquél"permiso"! Objeto circular de madera o similares, fina, pendiendo de la pared de una cuerdecilla, asi mismo fina y que, con él en la mano, habíamos de arrodillarnos en la tarima ante la diosa fofa y rosa de sor Rosa María y solicitar humildemente: ¿ Sor Rosa María, en el nombre del Niño Jesús, dá usted su permiso?
Cúantas veces pensé después: y era yo, ¡ una nia de cinco o seis años, la soberbia!
¡Pues claro que miccioné en la silla.! ¡No me fué posible aguantar! Y si no hubiese sido por el chivatazo de una mema cuyo nombre olvidé, no hubiese sido amonestada con tan fatal frase con la que aún hoy lucho preguntándome si no seré de veras soberbia.
Cuando pronfundizo, escarbo en determinadas situaciones si, la humildad, de la que pretendo hacer gala cuando alguien alaba algo en mi, no será más bien un signo de soberbia al rechazar el halago.
Esa palabra que, en otras lenguas no existe sino en su acepción de alabanza, dejando que sea la palabra orgullo la que sustituya a esta "soberbia" por otro lado tan católica y que tanto me hace padecer.
Lo bueno es que como en cada moneda existen dos caras, o como que sin sol no habría sombra, aquello me enseñó a dejar las religiones alejadas de mi. Sin excepción.
Salvo ese trauma, hay que reconocerlo, no queda nada que me pudiera llevar (al menos hasta hoy) a profesar, insisto, religión alguna.
Si analizo en profundidad, he de decir que, aquella monja sor Rosa María - gorda, bajita, siempre arrebolada de vete tú a saber de qué calores- se alza con la victoria contra mi eterna lucha con la "soberbia".
De nada me han servido las lecturas,( ni me sirven) las entrevistas que atenta atiendo cuando profesionales debaten u opinan sobre temas como la autoestima y similares. El estigma sigue ahí. No sé cómo encararlo.
Él, el estigma, aún suena en mis oídos como si fuese ayer a pesar de los años transcurridos. Sesenta y cuatro o sesenta y cinco.
<<Eres una soberbia>>
Total por hacerme pis encima a pesar de haber solicitado permiso para ir al baño reiteradas veces, y siéndome denegado a pesar de las recomendaciones paternas de que tenía la vejiga floja.
¡Quién no recuerda aquél"permiso"! Objeto circular de madera o similares, fina, pendiendo de la pared de una cuerdecilla, asi mismo fina y que, con él en la mano, habíamos de arrodillarnos en la tarima ante la diosa fofa y rosa de sor Rosa María y solicitar humildemente: ¿ Sor Rosa María, en el nombre del Niño Jesús, dá usted su permiso?
Cúantas veces pensé después: y era yo, ¡ una nia de cinco o seis años, la soberbia!
¡Pues claro que miccioné en la silla.! ¡No me fué posible aguantar! Y si no hubiese sido por el chivatazo de una mema cuyo nombre olvidé, no hubiese sido amonestada con tan fatal frase con la que aún hoy lucho preguntándome si no seré de veras soberbia.
Cuando pronfundizo, escarbo en determinadas situaciones si, la humildad, de la que pretendo hacer gala cuando alguien alaba algo en mi, no será más bien un signo de soberbia al rechazar el halago.
Esa palabra que, en otras lenguas no existe sino en su acepción de alabanza, dejando que sea la palabra orgullo la que sustituya a esta "soberbia" por otro lado tan católica y que tanto me hace padecer.
Lo bueno es que como en cada moneda existen dos caras, o como que sin sol no habría sombra, aquello me enseñó a dejar las religiones alejadas de mi. Sin excepción.
Salvo ese trauma, hay que reconocerlo, no queda nada que me pudiera llevar (al menos hasta hoy) a profesar, insisto, religión alguna.
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