Llovía ayer
Oigo la lluvia. Veo la lluvia. Salpica contra la barandilla, y las gotas
eclosionan cual graciosasflores. Aún lejos, el trueno coletea enojado e iracundo. Otra vez con más intensidad, la lluvia arrecia hasta convertir el espacio medio en un enorme velo gris cadavérico y tenebroso.
Los edificios, allá abajo, están envueltos en una capa opaca que hace desaparecer sus perfiles. Mientras en la superficie de la barandilla, juegan las gotas de lluvia al pilla-pilla. Otras, como diminutos murciélagos, quedan adheridas e impávidas al interior de la baranda formando festones.
Con cada minuto se desdibuja el paisaje bajo la cortina de agua. Sólo los cercanos cipreses ondean grave y levemente en su intenso verdor. Amaina de nuevo y un resplandor tímido se posa sobre el papel. Alzo la mirada. Por poniente una masa oscura y negra viene acercándose. Segundos. Ya está aquí. Lo cubre todo. La lluvia se hace más fuerte. Como si quisiera vaciar el cielo para siempre.
Comprendo la propia veleidad humana. Su naturaleza del Todo.
Palpo la prisión de nuestra condición. Nuestro camino de hito en hito.
Somos latido. Péndulos de un reloj al que unas manos invisibles dan cuerda.
La negra masa de vapor, va dejando paso a otra masa menos densa, mas ligera. El agua se remansa cuando, casi sin transición retoma su fuerza.
Nos habita el caos. Podemos seguir soñando que podremos dominar la naturaleza.
Desde la onírica visión de mi cobijo, la mirada recorre el panorama gris mientras la radio festeja a los más pequeños.
Los veo. Imagino sus cuerpos moverse, sus diversos contoneos al ritmo de la música. Algunos imitan a otros, pero por poco tiempo y vuelven a descubrir su propio modo. Otros giran sobre sí mismos como diminutos derviches hasta perder el equilibrio.
He vuelto a perderme en el laberinto del pensar: la lluvia no gira si no la empuja el viento. Brisa o ciclón.
Voy alejando de mi, la tristeza airada con la que desperté.
Aunque lo digan los que lo digan, no basta con amarse a uno mismo. Al menos yo no. Yo necesito también el amor de los otros.
¡No! No es suficiente el auto abastecimiento, a no ser, que sea a retazos.
Asoman como pequeños lagos de claro azul verdoso. El muro se disipa y emergen nubes ligeras y esponjosas.
¡Cuánta grandeza!
¡Cuánto capricho!
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