El recuerdo de un viaje
Una de las cosas que más me cautivó de las gentes de Marruecos fue su sonrisa.
Ya he dicho alguna vez que, la revelación, sin saber que lo era, o al menos no la catalogué de ese modo, me fue concedida o se me mostró en aquél país. Y es que la revelación es cosa mística, espiritual; y te encumbra a un lugar tan desconocido como hermoso. (A veces incluso doloroso).
Sí, sí, podría haber dicho estado de ensoñación, u embobamiento. Lo dejo al gusto de cada cual que repase estas lineas con su mirada.
Ahora, escuchando música procedente de África, música que siempre traslada mi alma a sentir una extraña emoción, tengo la sensación de estar pisando una tierra dura y a la par amable, y sobretodo real. De una realidad que no es del mundo en el que mi vida se desenvuelve. No sé explicarlo.
Casi siempre sucede así con la música. Y es que cada estilo provoca un sentido distinto, un modo diferente de vivirla. Pero la africana, ¡ay! la africana, quién sabe si no es porque la sangre, revoltijo de pueblos habla como un libro abierto y espumea como mar con oleaje.
Volví a matar ese gusanillo que, entre tomate y calabacín, me llevó a esa tierra de grandes arenales y soles despiadados con la mente, a patios frescos y habitaciones en penumbra. Y en especial a sus gentes que nunca olvidaré.
Ya he dicho alguna vez que, la revelación, sin saber que lo era, o al menos no la catalogué de ese modo, me fue concedida o se me mostró en aquél país. Y es que la revelación es cosa mística, espiritual; y te encumbra a un lugar tan desconocido como hermoso. (A veces incluso doloroso).
Sí, sí, podría haber dicho estado de ensoñación, u embobamiento. Lo dejo al gusto de cada cual que repase estas lineas con su mirada.
Ahora, escuchando música procedente de África, música que siempre traslada mi alma a sentir una extraña emoción, tengo la sensación de estar pisando una tierra dura y a la par amable, y sobretodo real. De una realidad que no es del mundo en el que mi vida se desenvuelve. No sé explicarlo.
Casi siempre sucede así con la música. Y es que cada estilo provoca un sentido distinto, un modo diferente de vivirla. Pero la africana, ¡ay! la africana, quién sabe si no es porque la sangre, revoltijo de pueblos habla como un libro abierto y espumea como mar con oleaje.
Volví a matar ese gusanillo que, entre tomate y calabacín, me llevó a esa tierra de grandes arenales y soles despiadados con la mente, a patios frescos y habitaciones en penumbra. Y en especial a sus gentes que nunca olvidaré.
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