Lo inesperado
Cuando comencé a trabajar para los Seibel en Almuñecar, lo hice en calidad de secretaria bilingüe.
En mi pasaporte alemán rezaba "prohibido trabajar en España"
¡Qué cosas!
De modo que me entregué con frenesí a la economía sumergida. Mea culpa. España siempre camisa blanca.
Estando como estaba, en trámites de divorcio, no quería abandonar la nacionalidad alemana. España no ofrecía (cosa extraña) muchas posibilidades laborales y de ese modo el regreso parecía evidente.
El caso es que allí conocí entre muchos otros al amigo periodista de los Seibel por aquellos entonces., amigo a su vez del presidente de Babíera Franz Josef Strauss.
Una noche cenábamos con el huésped en cuestión (ya formaba yo parte de la familia, y como tal, se me incluía a la mesa), cuando surgió el tema del flamenco fusión y el periodista preguntó por nuestra opinión, añadiendo si podía grabarla, a lo cual asentimos los dueños de los apartamentos, o sea mis jefes y la que suscribe.
La sorpresa vino cuando a las pocas semanas regresó el periodista diciendo que la opinión de mi humilde persona había sido radiada en una emisora de Munich en un noventa por ciento y que sí lo deseaba, quería indagar sobre otras cuestiones, pero esta vez en vivo desde una emisora malagueña. Mis jefes me animaron y asentí.
Tras asistir con él a diversos encuentros con el cónsul alemán para que él (supongo) adoptara las medidas oportunas con la emisora malacitana y tras unos días de trabajo preliminar, fuimos llamados a la emisora para hacer la entrevista. Y allá acudimos ambos. El periodista y yo. Se llevó a cabo la entrevista y regresamos a Almuñecar.
A día siguiente, el periodista se despidió de nuevo. Cada cual volvió a su rutina.
Anunció su visita de nuevo F. J. (Abreviatura de Franz Josef, que creo recordar que también el periodista se llamaba así) . Esta vez venia con su esposa.
Supe que tenían siete hijos, que eran católicos y un largo etc.
En una salida por cuestiones laborales tuve la ocasión de hablar con su esposa. No parecía muy feliz.
Otra sorpresa se me fue anunciada. Por mi colaboración se me había otorgado una remuneración, económica si bien no estaba pactada. La remuneración fue impresionante.
Hube de firmar unos documentos a nivel de impuestos exigidos en Alemania, lo cual hice. Al Cesar lo que es del Cesar.
Pasaron unos días.
Una noche, llamaron a la puerta de mi apartamento. Diría que más que llamar, aporrearon la puerta.
Una voz estentórea llamaba: María, María, ( los extranjeros minimizan los nombres, según ellos para eliminar dificultades linguísticas.
¡ Ábreme la puerta por favor! ¡ Ich liebe Dich ! o lo que es lo mismo en cristiano:¡ te amo!
Me negué rotundamente a abrir tras varios argumentos del porqué no lo hacía. Entre otros, había notado un grado de embriaguez notable, y el más contundente, porque no me daba la real gana. Ni me atraía el hombre en cuestión, ni me apetecía.
Como no cesara el aporreo y el gimoteo, telefoneé a mi jefe, que vino en cuestión de un lapso de tiempo ajustado a la distancia. Diez minutos más o menos.
Se lo llevó a su apartamento y regresó la paz y el silencio nocturno.
Al periodista en cuestión no volví a verlo jamás, porque al día siguiente, él y su esposa habían echo los bártulos y habían regresado a Munich.
He de añadir, eso sí, que recibí, al cabo de un tiempo, un cheque con la remuneración prometida.
Y e e eso es todo. amiguitos, Eso es es todo en lo que a aquel señor "enamorado" respecta. Y a una breve pero aleccionadora vivencia de la que tal relata.
En mi pasaporte alemán rezaba "prohibido trabajar en España"
¡Qué cosas!
De modo que me entregué con frenesí a la economía sumergida. Mea culpa. España siempre camisa blanca.
Estando como estaba, en trámites de divorcio, no quería abandonar la nacionalidad alemana. España no ofrecía (cosa extraña) muchas posibilidades laborales y de ese modo el regreso parecía evidente.
El caso es que allí conocí entre muchos otros al amigo periodista de los Seibel por aquellos entonces., amigo a su vez del presidente de Babíera Franz Josef Strauss.
Una noche cenábamos con el huésped en cuestión (ya formaba yo parte de la familia, y como tal, se me incluía a la mesa), cuando surgió el tema del flamenco fusión y el periodista preguntó por nuestra opinión, añadiendo si podía grabarla, a lo cual asentimos los dueños de los apartamentos, o sea mis jefes y la que suscribe.
La sorpresa vino cuando a las pocas semanas regresó el periodista diciendo que la opinión de mi humilde persona había sido radiada en una emisora de Munich en un noventa por ciento y que sí lo deseaba, quería indagar sobre otras cuestiones, pero esta vez en vivo desde una emisora malagueña. Mis jefes me animaron y asentí.
Tras asistir con él a diversos encuentros con el cónsul alemán para que él (supongo) adoptara las medidas oportunas con la emisora malacitana y tras unos días de trabajo preliminar, fuimos llamados a la emisora para hacer la entrevista. Y allá acudimos ambos. El periodista y yo. Se llevó a cabo la entrevista y regresamos a Almuñecar.
A día siguiente, el periodista se despidió de nuevo. Cada cual volvió a su rutina.
Anunció su visita de nuevo F. J. (Abreviatura de Franz Josef, que creo recordar que también el periodista se llamaba así) . Esta vez venia con su esposa.
Supe que tenían siete hijos, que eran católicos y un largo etc.
En una salida por cuestiones laborales tuve la ocasión de hablar con su esposa. No parecía muy feliz.
Otra sorpresa se me fue anunciada. Por mi colaboración se me había otorgado una remuneración, económica si bien no estaba pactada. La remuneración fue impresionante.
Hube de firmar unos documentos a nivel de impuestos exigidos en Alemania, lo cual hice. Al Cesar lo que es del Cesar.
Pasaron unos días.
Una noche, llamaron a la puerta de mi apartamento. Diría que más que llamar, aporrearon la puerta.
Una voz estentórea llamaba: María, María, ( los extranjeros minimizan los nombres, según ellos para eliminar dificultades linguísticas.
¡ Ábreme la puerta por favor! ¡ Ich liebe Dich ! o lo que es lo mismo en cristiano:¡ te amo!
Me negué rotundamente a abrir tras varios argumentos del porqué no lo hacía. Entre otros, había notado un grado de embriaguez notable, y el más contundente, porque no me daba la real gana. Ni me atraía el hombre en cuestión, ni me apetecía.
Como no cesara el aporreo y el gimoteo, telefoneé a mi jefe, que vino en cuestión de un lapso de tiempo ajustado a la distancia. Diez minutos más o menos.
Se lo llevó a su apartamento y regresó la paz y el silencio nocturno.
Al periodista en cuestión no volví a verlo jamás, porque al día siguiente, él y su esposa habían echo los bártulos y habían regresado a Munich.
He de añadir, eso sí, que recibí, al cabo de un tiempo, un cheque con la remuneración prometida.
Y e e eso es todo. amiguitos, Eso es es todo en lo que a aquel señor "enamorado" respecta. Y a una breve pero aleccionadora vivencia de la que tal relata.
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