Un despertar como tantos otros.
Al despertar, demasiado temprano, y sin demasiadas ganas de incorporarme de la cama, y sin querer -así es el cerebro humano; algo inescrutable - ha pasado por mi cabeza casi mi vida entera. Me he dado cuenta de lo poca curiosidad que he tenido por tantas cosas. Entre ellas, la ciencia. Con qué poca profundidad me he hecho preguntas, salvo por aquellas que atañen a mi modo de ser y al de los seres humanos en general. Si bien he de confesar, que esto último ha surgido con el pasar de los años.
He visto, como en una película, los caminos recorridos. Los profesionales y los sociales. Y he llegado a la conclusión que, ni social ni profesionalmente, haya alcanzado nada digno de ser mencionado.
Sin ser maestra de nada y pésima aprendiz de todo, destaca a mi favor, mi labor como ser humano con algún que otro alumno.
No, no no pretendo ni confundir, ni confundirme.
He dado clases de alemán a españoles, y, español a alemanes como aquella famosa maestra Ciruela, que no sabía leer, y puso una escuela.
Algunos de ellos me mostraron su alma al desnudo. Especialmente aquél que se convirtió de alumno en amigo. Hubert. Me enseñó lo que es amor de padre sin ambages con un tono de reproche fingido de hombre duro que a nadie engañaba. De hecho, me permito el inciso aventurado de decir que murió detrás del hijo que hizo de su vida una lucha sin final feliz y que pese a ello, soportó con amor infinito.
Ay, mi amigo, Hubert. Un hombre sencillo de corazón sin fronteras. Un abrazo allá donde estés. Seguro que estás con él. Con Thomas.
Me desvío, pero Hubert dejó un legado en mi espíritu difícil de olvidar.
Otro, un español también dejó huella. Una huella tonta e insulsa. No tenía dinero pagar las clases y se negó a aceptar un simple trueque.
La ambiciosa María que quería aprender alemán para ascender en su puesto de trabajo. Después supe que era una pequeña Atíla. Hasta hoy, tampoco es que haya escalado mucho a su pesar.
La cordobesa que estudiaba por amor.
La alemana que preguntaba a todo por qué.
El alemán que era incapaz de distinguir entre el ser y el estar aunque se lo explicaras des derecho y del revés. Amante de la filosofía hindú y un amante del dinero intachable. Lo comento con sorna.
Y otros más que pasaron sin pena ni gloria por mi vida como "maestra".
Los españoles fueron pocos, apenas dos clases y adiós.
¡Ah sí!. Un auto-denominado intelectual que anduvo en París por el 68 y que en la primera entrevista ya dio a entender que le interesaba del idioma: la" profe" en todo su cuerpito de sabrosa carnecita.
Sí, la condición humana en alguna de sus manifestaciónes.
En mi camino de "guía turística" de Cicerone a la antigua usanza, esto es sin estudios, también conocí facetas de la humana condición. Alguna tan lamentable que, prefiero no mencionar. Y muchas, muchas, más que divertidas. Llevar un autobús con cerca de sesenta personas, es aleccionador. Y comparable a las cañadas reales. A buen entendedor...
Con buena mano factible de llevarlo a cabo de buen modo. Siempre quedaba la canción que a los alemanes les tocaba la vena sentimental.
Y así podría continuar con mis experiencias como secretaria, como alumna en la universidad popular, como comercial, como propietaria de una tienda de ropa para caballeros, como, como, como.
Todo eso rozó mi cabeza en unos instantes, amén de otras muchas que callo porque una vida larga es casi, casi interminable de narrar. Y aunque una amiga diga que tengo mucha imaginación cuando le comento, que todos somos novelas andantes, no por ello deja de ser cierto. La pena es no saberlas contar.
He visto, como en una película, los caminos recorridos. Los profesionales y los sociales. Y he llegado a la conclusión que, ni social ni profesionalmente, haya alcanzado nada digno de ser mencionado.
Sin ser maestra de nada y pésima aprendiz de todo, destaca a mi favor, mi labor como ser humano con algún que otro alumno.
No, no no pretendo ni confundir, ni confundirme.
He dado clases de alemán a españoles, y, español a alemanes como aquella famosa maestra Ciruela, que no sabía leer, y puso una escuela.
Algunos de ellos me mostraron su alma al desnudo. Especialmente aquél que se convirtió de alumno en amigo. Hubert. Me enseñó lo que es amor de padre sin ambages con un tono de reproche fingido de hombre duro que a nadie engañaba. De hecho, me permito el inciso aventurado de decir que murió detrás del hijo que hizo de su vida una lucha sin final feliz y que pese a ello, soportó con amor infinito.
Ay, mi amigo, Hubert. Un hombre sencillo de corazón sin fronteras. Un abrazo allá donde estés. Seguro que estás con él. Con Thomas.
Me desvío, pero Hubert dejó un legado en mi espíritu difícil de olvidar.
Otro, un español también dejó huella. Una huella tonta e insulsa. No tenía dinero pagar las clases y se negó a aceptar un simple trueque.
La ambiciosa María que quería aprender alemán para ascender en su puesto de trabajo. Después supe que era una pequeña Atíla. Hasta hoy, tampoco es que haya escalado mucho a su pesar.
La cordobesa que estudiaba por amor.
La alemana que preguntaba a todo por qué.
El alemán que era incapaz de distinguir entre el ser y el estar aunque se lo explicaras des derecho y del revés. Amante de la filosofía hindú y un amante del dinero intachable. Lo comento con sorna.
Y otros más que pasaron sin pena ni gloria por mi vida como "maestra".
Los españoles fueron pocos, apenas dos clases y adiós.
¡Ah sí!. Un auto-denominado intelectual que anduvo en París por el 68 y que en la primera entrevista ya dio a entender que le interesaba del idioma: la" profe" en todo su cuerpito de sabrosa carnecita.
Sí, la condición humana en alguna de sus manifestaciónes.
En mi camino de "guía turística" de Cicerone a la antigua usanza, esto es sin estudios, también conocí facetas de la humana condición. Alguna tan lamentable que, prefiero no mencionar. Y muchas, muchas, más que divertidas. Llevar un autobús con cerca de sesenta personas, es aleccionador. Y comparable a las cañadas reales. A buen entendedor...
Con buena mano factible de llevarlo a cabo de buen modo. Siempre quedaba la canción que a los alemanes les tocaba la vena sentimental.
Y así podría continuar con mis experiencias como secretaria, como alumna en la universidad popular, como comercial, como propietaria de una tienda de ropa para caballeros, como, como, como.
Todo eso rozó mi cabeza en unos instantes, amén de otras muchas que callo porque una vida larga es casi, casi interminable de narrar. Y aunque una amiga diga que tengo mucha imaginación cuando le comento, que todos somos novelas andantes, no por ello deja de ser cierto. La pena es no saberlas contar.
Comentarios
Publicar un comentario