El seductor.
Era alto, moreno, delgado. Con esa delgadez no exenta de musculatura. Pelo oscuro sin llegar al negro azabache de algunos andaluces. De agradable sonrisa y corta conversación. Insinuaba con la mirada ¿más de lo que quería decir?
Su nombre no viene al caso.
Aquella noche de poesía en el Patio de Bellas Artes, su mirada cruzó el patio para chocarse con la mía. No agaché mi mirada. Su sonrisa traspasó la penumbra del patio. ¿Hizo lo mismo la mía?
Sus ojos decían sí. No les negué nada con los míos.
Acabó la noche.
Marchamos cada uno por su lado a casa.
No sé que sintió él al regresar con su mujer.
Yo sentí un enorme tedio al tropezar con mi marido.
Comprendí.
Era un seductor.
Su nombre no viene al caso.
Aquella noche de poesía en el Patio de Bellas Artes, su mirada cruzó el patio para chocarse con la mía. No agaché mi mirada. Su sonrisa traspasó la penumbra del patio. ¿Hizo lo mismo la mía?
Sus ojos decían sí. No les negué nada con los míos.
Acabó la noche.
Marchamos cada uno por su lado a casa.
No sé que sintió él al regresar con su mujer.
Yo sentí un enorme tedio al tropezar con mi marido.
Comprendí.
Era un seductor.
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