La viuda

Tenía ochenta y siete años. Era viuda de militar de alto rango. Hablaba más que con orgullo de la Casa de Campo. Se extrañaba de que hubiese alguien que no supiese quién era Adolfo Dominguez. Cogía una enorme rabieta si no la llevaban de compras al Corte Inglés. Y se horrorizaba si algún vendedor árabe se le acercaba.
Se apuntaba a cada invitación a un baile. A un humilde concierto. Era importante ser vista en tal o cual evento. Siempre en el pueblo, claro. Ni su hijo, ni su mujer la llevaban. Era ella la que se presentaba en el bar que fuese. Conocía todos los pasos que ellos daban. Y allí acudía. Enrabietada y triste.
Como Gabriel y Galán, yo le tenía piedad a aquel pequeño monstruo que se acercaba al final impoluta en sus malas ideas. Al fin y al cabo estaba sola. Sola y atormentada por tener que vivir con aquél hijo y aquella...Dejémoslo estar. Entre monstruos anda el juego.
Se fueron los tres un día cualquiera de un mes cualquiera de un año sine die.
Somos como somos si no nos empeñamos en mejorar y de cualquier modo un día cualquiera de un mes cualquiera de un año cualquiera...Nos vamos dejándolo todo atrás.
Mejor, dejar  la memoria de una sonrisa, un abrazo, un deseo de bienestar atrás.
Un dulce sunset.

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