Cuento caótico.
Quiero crear frases bellas,
para alabar a mi dios,
pero de mi soberbia boca,
sólo excusas brotarán.
Señor, señor, dios, mío,
dame luz y claridad,
para que, mis ojos ciegos
te puedan al fin, hallar.
Aquella niña que fui, escribía así.
Hoy en una noche de sueño cumplido y hora errática, recuerdo, a voz de pronto, este verso. (No le llamo poema, sería demasiado). Claro que, podría dotarlo de la segunda acepción. Eres un poema, amiga. En fin. Frase recurrente y lograda cuando se pierde el hilo. En lo cual, todo sea dicho, me considero experta.
No pienso, soy un bullicio de ideas. Tal es así que releyendo, como estaba, a Chinua Achebe, al cerrar el libro a ésta cabeza llena de agujeros negros, se le da por crear una palabra: alibail, que sin miramientos y sin dotarla de significadoalguno, manifiesto que es una palabra africana. Tal como si África, en su inmensa extensión de continente, fuese una pequeña tribu dotada de una sola lengua. Y si no es así, pues aquí estoy yo para hacerla crecer. Tan sin sentido como cronopios, que decía Córtazar, o que yo nunca supe que hacer con tal palabra. Y no se arremoline nadie que, estoy muy lejos de establecer una relación con Don Julio, salvo la de admiradora.
Y la noche continua su curso.
Si no me hubiese dormido a las siete de la tarde, ahora estaría entregada al sueño. Pero el tiempo es de mi propiedad. (Ya iba siendo hora), y no me apabulla el no dormir por haber dormido, y el no comer por haber comido. A la vejez, viruelas, y bien ricas que saben. Y aquello de aquella edad que me parecía lejanísima, aquella edad imaginada de caminos pedregosos escollos por doquier, encorvada y con ganas de no vivir, pues...ha pasado a la historia. La he superado con creces, y aún digo que si obvio el dolor, más que cumplir con su misión de centinela, cumple con la misión de sanar, que dicen que es capaz de ello nuestra mente, si supiésemos usarla debidamente.
Sea lo que fuere, a mi plín, yo no duermo en picolín, ni en picolón, que duermo si es que duermo, en un simple colchón.
Y colorín, colorado, hasta aquí, hemos llegado.
para alabar a mi dios,
pero de mi soberbia boca,
sólo excusas brotarán.
Señor, señor, dios, mío,
dame luz y claridad,
para que, mis ojos ciegos
te puedan al fin, hallar.
Aquella niña que fui, escribía así.
Hoy en una noche de sueño cumplido y hora errática, recuerdo, a voz de pronto, este verso. (No le llamo poema, sería demasiado). Claro que, podría dotarlo de la segunda acepción. Eres un poema, amiga. En fin. Frase recurrente y lograda cuando se pierde el hilo. En lo cual, todo sea dicho, me considero experta.
No pienso, soy un bullicio de ideas. Tal es así que releyendo, como estaba, a Chinua Achebe, al cerrar el libro a ésta cabeza llena de agujeros negros, se le da por crear una palabra: alibail, que sin miramientos y sin dotarla de significadoalguno, manifiesto que es una palabra africana. Tal como si África, en su inmensa extensión de continente, fuese una pequeña tribu dotada de una sola lengua. Y si no es así, pues aquí estoy yo para hacerla crecer. Tan sin sentido como cronopios, que decía Córtazar, o que yo nunca supe que hacer con tal palabra. Y no se arremoline nadie que, estoy muy lejos de establecer una relación con Don Julio, salvo la de admiradora.
Y la noche continua su curso.
Si no me hubiese dormido a las siete de la tarde, ahora estaría entregada al sueño. Pero el tiempo es de mi propiedad. (Ya iba siendo hora), y no me apabulla el no dormir por haber dormido, y el no comer por haber comido. A la vejez, viruelas, y bien ricas que saben. Y aquello de aquella edad que me parecía lejanísima, aquella edad imaginada de caminos pedregosos escollos por doquier, encorvada y con ganas de no vivir, pues...ha pasado a la historia. La he superado con creces, y aún digo que si obvio el dolor, más que cumplir con su misión de centinela, cumple con la misión de sanar, que dicen que es capaz de ello nuestra mente, si supiésemos usarla debidamente.
Sea lo que fuere, a mi plín, yo no duermo en picolín, ni en picolón, que duermo si es que duermo, en un simple colchón.
Y colorín, colorado, hasta aquí, hemos llegado.
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