De nuevo la lluvia

De nuevo me despertó el sonido de la lluvia. ¡Y qué bien suena el tamborileo en los cristales, en el enlosado, en la tierra blanda!. Ésta vez, sin embargo, no lo he pensado dos veces. Me he levantado y he mirado hacia afuera. Rayos y truenos resonaban como si no hubiera un mañana, y, a pesar, de lo terrible de la belleza de esa Naturaleza rabiosa, no temblé, reflexioné sobre su capacidad de destrucción. Y le hizo bien a mi espíritu pensar en la propia capacidad de destruir hasta lo que más se ama. Sin excusas. Desnudándome. Y no hubo modo de justificarme. Las decisiones tomadas buenas y malas me arrostraron, me llevaron delante del espejo interior, y vi que el dolor que siento, lo provoco yo misma con mi turbio mirar.  Porque puedo mirar con otros ojos y no lo hago. Me dejo arrastrar por la rabia del momento, por la ira y la desesperación de sentirme aislada, arrinconada en algún desván como un trasto viejo. Y en mi rebeldía arraso con el amor y el cariño que se han ido secando, secando, secando. Y buscando culpables, los encuentro con ligereza y prontitud. Esquivando las incapacidades propias.
Sí, otra vez la lluvia, capaz de hacer crecer flores en el desierto de mi alma seca.
¡Ay!, si yo fuera naturaleza sin disfraz, si fuera trueno y relámpago
pasajero, si fuera arbusto, estaría siempre agradecida por cada muestra de cariño. Si fuera...
Pero no soy.

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