De lo efímero.
Gracias a una amiga de la infancia, y unas fotos que me envió, surgió en mi mene aquella noche en que...
Andábamos en una fiesta en casa reunidos amigos y algún que otro familiar cuando una cotorra comenzó a revolotear contra el cristal. Abrimos el balcón de par en par, . Revoloteó el pájaro y todos nosotros con él en un aleteo de risas y exclamaciones de alegría.
Entre todos los asistentes, el pájaro con ese verdor de lima, eligió mi hombro para posarse en él con la consiguiente algarabía y bromas. ¡Mírala ella! ¡Pajarito ven a mí!¡No, a mí, a mí!
El pájaro comenzó a picotear mis dientes a lo que exclamé, ¡pero Romeo, Romeo! Si ya había jolgorio, el gesto del pájaro, que ya era el rey de la fiesta, la hizo aún más festiva y alborozada.
Total que Romeo se quedó en casa.
Lo llevamos a la terraza. Cada mochuelo se marchó a su olivo, y mi Romeo, ya todo mío, posado sobre uno de los apliques de la atalaya.
Al despertar el día siguiente, los primeros pasos que dí se dirigieron a la atalaya. Romeo continuaba en la misma postura que lo dejé. No se movía. El horror se apoderó de mí. No me atrevía a tocarlo.
Comencé a reprocharme no haberme dado cuenta de que todo había sido muy raro, que posiblemente caí tarde en que se hallara enfermo y que había muerto de frío. Podía haberle puesto en una caja de zapatos a modo de nido. Y bla, bla, bla, pero Romeo seguía rígido sobre el aplique.
Aún pasó el día y al siguiente lo trasladé a su último descanso con toda la tristeza de amigos y asistentes a la fiesta del día antes.
Prometí contárselo a mi amiga de la infancia. Y ahí lo tienes querida.
Y así acabó la historia del atrevido Romeo.
Andábamos en una fiesta en casa reunidos amigos y algún que otro familiar cuando una cotorra comenzó a revolotear contra el cristal. Abrimos el balcón de par en par, . Revoloteó el pájaro y todos nosotros con él en un aleteo de risas y exclamaciones de alegría.
Entre todos los asistentes, el pájaro con ese verdor de lima, eligió mi hombro para posarse en él con la consiguiente algarabía y bromas. ¡Mírala ella! ¡Pajarito ven a mí!¡No, a mí, a mí!
El pájaro comenzó a picotear mis dientes a lo que exclamé, ¡pero Romeo, Romeo! Si ya había jolgorio, el gesto del pájaro, que ya era el rey de la fiesta, la hizo aún más festiva y alborozada.
Total que Romeo se quedó en casa.
Lo llevamos a la terraza. Cada mochuelo se marchó a su olivo, y mi Romeo, ya todo mío, posado sobre uno de los apliques de la atalaya.
Al despertar el día siguiente, los primeros pasos que dí se dirigieron a la atalaya. Romeo continuaba en la misma postura que lo dejé. No se movía. El horror se apoderó de mí. No me atrevía a tocarlo.
Comencé a reprocharme no haberme dado cuenta de que todo había sido muy raro, que posiblemente caí tarde en que se hallara enfermo y que había muerto de frío. Podía haberle puesto en una caja de zapatos a modo de nido. Y bla, bla, bla, pero Romeo seguía rígido sobre el aplique.
Aún pasó el día y al siguiente lo trasladé a su último descanso con toda la tristeza de amigos y asistentes a la fiesta del día antes.
Prometí contárselo a mi amiga de la infancia. Y ahí lo tienes querida.
Y así acabó la historia del atrevido Romeo.
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