El buzón de los amantes.

Su boca grande y ávida de dientes separados por los años, parecía un buzón antiguo de esos esculpidos en piedra y donde quizás, cientos de paquetes se hubieran depositado. Tal vez todos aquellos de los más de cien amantes que, según ella había tenido.
Ya no era joven. Hacía mucho que había dejado atrás su lucha en la resistencia holandesa, pero aún tenía amantes. Un joven israelí que había aterrizado por su hotel con apartamentos individuales en busca de trabajo.
Estaba casada con un director de cine austriaco y ambos regentaban el hotel y las diversas actividades relacionadas con ello y,  otras actividades extras con algunos huéspedes relativamente asiduos.
Cuando relataba la historia de sus amantes, (y lo hacía tantas veces como alguien se dignara a escucharla) entre los que se encontraba un embajador ruso y  diversos nobles su boca se abría desmesuradamente dando la sensación de desear engullir algo.
Mientras contaba se reía con la boca muy abierta dejando asomar aquellos dientes grandes y separados que alguna vez habían mordido las bocas de todos aquellos hombres de rancio abolengo.

Pobre israelí, pensaría cualquiera mientras la oía, con su abundante melena negra y sus hermosos rasgos.

 Quisieron los hados que, una de las parejas que frecuentaba el lugar y que mantenían relaciones íntimas con ambos (su esposo y ella) coincidieran con  la presencia de mi inseparable amigo  Carlos allí.
En uno de nuestros asiduos encuentros- contó con pelos y señales todo lo que había visto y oído en aquel apartamentos-hotel.
Moviendo la cabeza enigmáticamente una y otra vez prosiguió diciendo que...
Aquellas dos personas, con su modo suave de hablar y su apariencia de gente sencilla, de campo, pudieran formar parte de aquellos juegos de sexo, le resultaba entre incompresible, morboso y divertido, pero sobre todo asombroso. Lo terrible era imaginar que aquellas personas, o al menos una de ellas, hubiera formado parte de algo tan arriesgado como la resistencia anti nazi.
Volviendo a la pareja,  siguió mi amigo,  conmigo se mostraron en todo momento afectuosos. Ni un sólo gesto, ni una sola palabra que pudiera denotar su manera de hacer juegos tan libidinosos.
Años  después nos vimos de nuevo. Al preguntarle por sus viajes Carlos me contó que había visitado a los Birkel, que así se llamaban los protagonistas de éste relato.
El marido había muerto y ella se había mudado a una de las islas canarias. No sabía a cual. Pero antes, había sabido que el israelí había regresado a su tierra.
Para sorpresa de mi amigo Carlos, al deshacer el equipaje de su última visita al lugar,  halló que alguien había escondido entre sus pertenenci una receta de alcachofas a la judía que él había elogiado en una de las cenas sin imaginar siquiera quién había sido el cocinero. Supongo que  era un encargo  del  chico israelíta, comentó entre risas.
-Hicimos buenas migas a decir verdad- añadió.
Cuando nos separamos, me puse a pensar si  aquella mujer todavía tendría algún nuevo amante que buscara aquella boca  glotona, que yo imaginaba insaciable e irrellenable y si el amante resistiría mirar como iba engullendo y engullendo paquetes y paquetes.

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