Dolor y rabia

Dolor y rabia ante lo que pudo ser evitado, porque se pudo evitar. Tantos días con fiebre, tantos días con terribles molestias y dolores, con síntomas inequívocos de infección, y no acudir a un médico, ni recibir ni aceptar un consejo por parte del enfermo, y no tomar una decisión, aún siendo ésta en contra de la voluntad del enfermo, por dos personas al menos, me causa dolor y una cierta rabia. Dos personas que iban a visitarlo, que lo veían, mientras relegada a un contacto telefónico, intentaba saber ¿qué tienes,? ¿cómo estás? ¿Voy? ¿Porque no te vienes, a esta casa, o esa otra o a aquella? Sólo unos días, para que te podamos cuidar y dar los pasos necesarios...
Pero la ofuscación, el miedo tal vez y el total desconocimiento con un poco de desamparo. En fin. ¿De que sirven ahora las reflexiones? 
Ojalá lo supere, si bien el médico no parece muy convencido. Quizá se cure en salud. Ya se sabe que ellos no suelen diagnosticar con absoluta certeza. Cosas de la ciencia inexacta. Lo comprendo. Mientras, la tristeza se mezcla con el enojo.
No somos capaces de ayudar, ni de pedir ayuda. 
Él confíaba en ellas, y ellas no han sabido ver, ni imponerse si es que lo intentaron. No creo que me lo digan nunca. A estas alturas carece de importancia.
¿Llamo a urgencias mientras ellas llegan? No, que vengan, las niñas. ¿No es eso desamparo?
Toda una vida fuera de casa y regresar para ¿morir? en apenas dos años. ¿Como no sentir tristeza por él, por su total desconocimiento de todo salvo de que enamoraba a las chicas y se sentía adulado por ello? Es todo de lo que ha quedado de un hombre-niño. Qué vida más pobre...
Eso, y trabajar siempre. 
Ahora se sentía dichoso mirando al mar. Dando paseos. Y sintiéndose defraudado por los hermanos y por el sistema democrático del país que lo vió nacer. Es lo que resta de una vida que no parece vaya a prolongarse.
Anoche, al oír lo mal que estaba, las pocas esperanzas que el médico les daba a las niñas, que habían llamado a sus hijos... Mi corazón, aunque dicen que no duele, sintió una punzada de dolor por esa vida a punto de truncarse. Como si una finísima daga penetrara en ése órgano pensante y rojo. 
Quise rezar y no sabía. Deseé con todas las fuerzas creer, que sería recibido en algún sitio cálido y que sería abrazado hasta verle sonreír. Pero, nada ocurrió que me convenciera de ello. Ni un sencillo padre nuestro supe decir. Sólo unir las manos y pensar en él. En su dolor, en su casa solitaria, hermosa y solitaria, en su voz que no tenía fuerza para salir de su garganta. En su modo de hablar una lengua que, siendo la suya, había casi olvidado. 
Y ¡cuánta soledad alrededor!
¡Sal hermano, sal!  Sal de esta un tiempito más. Recupérate y goza un algo de tu merecida holganza. 
¡Ay, hermano! Si fueras tan obediente como Lázaro.
Una tristeza profunda por ti y por tus hijos se ha instalado en mi y en este hogar que pudo acogerte de haberlo querido.

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