CRUDO
Su presencia, hablaba de él. Alto, delgado como una vara de fresno.
Su palabra hendió el lugar, sus versos eran cuchillos.
En un momento dijo: cerrad los ojos.
Comenzó a recitar, su voz se acercaba tanto tanto que me sentí desfallecer. No abrí los ojos.
Comprendí por el sonido, que se había levantado, y que recorría el espacio donde nos encontrábamos. Recitaba con voz de trueno, rasgando oídos, haciendo temblar las piernas y las células de los presentes. Sus versos como látigos zigzagueaban sin tregua. Mi alma se encogía, y salvo su voz un silencio reverente se abría paso inundándonos a todos.
Arrasó con nuestra comodidad. Nos hizo sentir el dolor de los que luchaban entre las olas por salvar su vida. Nos dio a beber el sabor de la sal que los ahogaba a ellos. Nos hizo sentir el dolor de nuestra propia indiferencia.
Sus arengas, su disconformismo y rebeldía, su ser luchador que arremetía por las ondas contra la injusticia, contra la política de corruptos que, como una marea gobernaban el país, nos eran conocidas a todos o casi todos los que compartíamos aquél espacio de La Mïnima.
Lo conocíamos animando a los tiernos locos del 15.M en la calle, manifestando su conformidad con ellos.
Sí, se trata de Javier Gallego Crudo. Al que por fin pudimos estrechar la mano tras años de fiel escucha radiofónica y que, junto a otros muchos, habíamos acudido a conocerle en persona. Pero nos encontramos con un Javier poeta que atropellaba conciencias a diestro y siniestro con un poderío de rayo desatado.
Su palabra hendió el lugar, sus versos eran cuchillos.
En un momento dijo: cerrad los ojos.
Comenzó a recitar, su voz se acercaba tanto tanto que me sentí desfallecer. No abrí los ojos.
Comprendí por el sonido, que se había levantado, y que recorría el espacio donde nos encontrábamos. Recitaba con voz de trueno, rasgando oídos, haciendo temblar las piernas y las células de los presentes. Sus versos como látigos zigzagueaban sin tregua. Mi alma se encogía, y salvo su voz un silencio reverente se abría paso inundándonos a todos.
Arrasó con nuestra comodidad. Nos hizo sentir el dolor de los que luchaban entre las olas por salvar su vida. Nos dio a beber el sabor de la sal que los ahogaba a ellos. Nos hizo sentir el dolor de nuestra propia indiferencia.
Sus arengas, su disconformismo y rebeldía, su ser luchador que arremetía por las ondas contra la injusticia, contra la política de corruptos que, como una marea gobernaban el país, nos eran conocidas a todos o casi todos los que compartíamos aquél espacio de La Mïnima.
Lo conocíamos animando a los tiernos locos del 15.M en la calle, manifestando su conformidad con ellos.
Sí, se trata de Javier Gallego Crudo. Al que por fin pudimos estrechar la mano tras años de fiel escucha radiofónica y que, junto a otros muchos, habíamos acudido a conocerle en persona. Pero nos encontramos con un Javier poeta que atropellaba conciencias a diestro y siniestro con un poderío de rayo desatado.
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