En vela

Le despertó un fuerte dolor en el pecho.
Prestó atención a aquel dolor. Con anterioridad había sufrido un infarto y escuchó atentamente.
El dolor es un aviso, se dijo, de modo que no hay que alarmarse sino recordar y comparar.
El cuerpo le habló. Se había sentado en la cama y prestó atención. Efectivamente. El cuerpo le dijo, ha sido el frío que has pasado hoy. Ponte algo caliente sobre el pecho.
Calentó agua y llenó una botella. La envolvión en una pequeña toalla y la puso sobre el pecho. El alivio llegó con la segunda botella.
Puso la radio, la noche se prolongaba y con ella la vigilia. En Radio clásica sonó una extraña versión de Come Togheter.
Era curiosa. Más tarde sonó la música de Morricone. La pantera Rosa. También una singular versión. Pasados unos minutos comenzaron a hablar.  Apagó la cadena y cogió el libro que le habían prestado horas atrás.  Comenzó a leer.
Sonrió ante algunos pasajes, otros se le hicieron bastante duros.  El autor atacaba a los ateos sin consideración alguna.
Se sintió airado. Pero pensó, no soy ateo, soy agnóstico, además puede escribir sobre lo que le venga en gana. Si bien el tono le pareció altanero. Un par de páginas más adelante, el escritor hablaba de las sensaciones que había causado en el lector. Efectivamente mencionó que con total seguridad, las frases usadas, le parecerían al lector de gran altanería.
Sonrió ante el dominio del escritor.
Estaba de acuerdo en algunas cosas, no así en otras.
No todos los filósofos tienen razón, o al menos no estaba de acuerdo con todas las teorías.
Cerró el libro y reflexionó sobre lo leido. Tenía que preparar su ánimo para continuar con la lectura, pero especialmente para deducir el efecto causado, en cómo le afectaba.
Trató de dormir. No le pareció que la madrugada fuese el mejor momento para aquella lectura.
Se levantó y se dirigió al salón. Pegó la frente a una de las ventanas y esperó al nuevo día con una taza de humeante café en la mano.
Paseó la vista por el paisaje. La luna ya no daba luz como días atrás, pero a su derecha, dos casas lanzaban llamaradas blancas de cegadora luz.
¡Qué luz más desagradable! pensó. Miró hacia el frente. Y se acordó de sus hijos. De su silencio. No respondían a sus llamadas, ni a sus whatsapps. ¡Qué ingrata es la juventud con los viejos!
¡Sólo la juventud!
Malos tiempos para la ternura.
Se acercó de nuevo al dormitorio y encendió el router.
Volvió al salón y encendió el ordenador.
Mañana será otro día. Y espero que no tan intenso como éste, se dijo sonriéndo.
Ya no está uno para estos trotes.
Y se enroscó en unas páginas de arte.

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