Entre sueños y vigilia.

 El desnudo.
Estaba desnuda en aquella oscura noche sin un alma en derredor. Caminó a tientas hacia lo que creía era su hogar. Llegó justo en el momento en que otras dos personas se acercaban. Subió rápidamente al ascensor evitando así que los otros accedieran y marcó el piso número ocho. Entró y salió de casa casi inmediatamente.
 En el descansillo había dos mujeres y dos hombres jóvenes. Ellos se despidieron de ellas y se marcharon.
Amelia, que no de otra se trataba, escuchó como las jóvenes comentaban lo que ella consideró era una obra teatral y preguntó: ¿Os gusta el teatro?. A  lo que las chicas asintieron con un sí, nos encanta.
Amelia se preguntó ¿No se percatan  de mi desnudez? Cuando de  pronto se dio cuenta de que había olvidado las llaves de casa. Las chicas seguían hablando de la obra con entusiasmo y sin entrar en lo que Amalia suponía era el piso adjunto al suyo ni mostrar en modo alguno extrañeza por su cuerpo desnudo. 
Una conocida de una de sus hermanas hizo su aparición de modo inesperado. Guapa como siempre, pensó Amelia. Mamen, pues así se llamada la recién llegada, se dirigió a ella con una sonrisa conmiserativa. ¡Qué cosas tienes! manifestó desvaneciéndose como una sombra.
>Justo entonces despertó y quiso, intrigada, seguir soñando cosa que logró sin esfuerzo,  pero los nuevos sueños los olvidaba a medida que se sucedían. 
Estaba sola.
Estaba desnuda.
Se sentía feliz.
Despertó canturreando una canción hacía tiempo olvidada. Se entonó y la cantó al completo.
Sonrió y sonrió casi amodorrada. Y así se mantuvo durante un buen rato.

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