Los Días Blancos

 Ladra el perro del vecino inclemente interrumpiendo la música. Su único refugio del mundo e incluso de si misma. Lleva algunas noches de vigilia y se siente cansada. Tampoco ayudan los días blancos. Son esos días cuyo blancor sucio se interna en sus células sin membrana protectora. Su interior remeda el color turbio de ese cielo blanquecino que la deja laxa y sin ganas de cantar y bailar que tanto necesita. Adiós a los días de extraños pero hermosos sueños cuando las historias se dibujaban en su mente con naturalidad. Como el agua fluye de la tierra al principio tímida para convertirse al poco en arroyo y más tarde en río. Ella no es nada sin recuerdos de la infancia, sin historias  aún siendo inventadas. Quiere regresar a esos mundos llenos de flores y criaturas raras. En una palabra, a vivir cuentos sin fin. Esta realidad mortecina la hunde en una especie de cuenco de leche desnatada, como si flotara en el Mar Muerto y necesitara de la fuerza para nadar, para zambullirse en un mar de vida.
De pronto oye en la radio la palabra Upsala que, más que unirla al norte de la fría Europa la traslada a la India. La India con sus sedas de una suavidad inmensurable, con su estallido de color, con su música pletórica de ritmo y vida.
Se lanza a ese sueño despierto sin paracaídas, como una catarata sin miedo a la caída que promete ser blanda y espumosa. 
Se sumerge en un Ganges que a pesar de su contaminación, de sus cadáveres limpia el alma de los que se bañan en él. Es la fe de un pueblo y ella es pueblo.
No es catarata, ni está en el Ganges con su cuerpo. Lo está con su mente, liviana e incansable viajera.
Ya lo decía Rita Levis: "La mente no tiene arrugas". Ni barreras, pensó Amelia sumergida de nuevo en un mundo donde los días blancos no ejercen ningún poder maléfico sobre su espíritu.

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