Marruecos
Conducía con destreza por las calles de Marraquech tras la bicicleta de Mustafá.. La ciudad en la penumbra del ocaso semejaba un cuento de las Mil y una Noches. Rebosaban de gente sus calles y plazas.
Una alegría sobrenatural lo inundaba todo. También ella se sentía embargada de aquella alegría. <Por fin en Marruecos> y aún más, en su más añorada ciudad de Marraquech. La meta de sus sueños. Ni el desierto había despertado jamás en ella tanto deseo.
Habíamos dejado detrás un largo recorrido: Chauen, Meknes, Fez.
En ésta última, se habían demorado visitando, con un joven guía local, la Medina más grande del mundo: Fes El Bali.
Entre maravillada y entristecida pudo vislumbrar la alegría incesante del gentío, pero también la miseria más terrible y angustiosa de muchos seres tras el relumbrón de aquel mundo desconocido y aparentemente descuidado y feliz.
Horas después se dirigieron a la colina Borj Sud para contemplar la gran medina en su inmensa vastedad de callejas que la conformaban, bajo la sugerencia de Omar, que así se llamaba el guía. Terminadas las visitas comieron juntos como viejos conocidos a pesar de que Alonso no estuviera de acuerdo. La mirada de ella le detuvo y se unió a lo inevitable. No quería disgustos con ella. Sabía que era inútil cuando se trataba de algo que deseaba mucho. En realidad la envidiaba un poco por eso aunque nunca se lo confesara. Era mejor su amistad ahora que cuando eran pareja. Y así quería que siguiera siendo.
Omar les contó su vida, ella escuchaba embelesada y apenada a la vez. Omar no tenía una vida dulce y sin embargo no se caía la sonrisa de sus labios.
Al margen de que la generosidad de ella no fuera más que cosa de un parche, (un paliativo para Omar que nada solucionaba), pensaba ella mientras Omar continuaba contando que era el mayor de siete hermanos. Su padre había desaparecido en el mar mientras intentaba alcanzar Europa como tantos otros y él y su trabajo eran el único medio de sustento para su familia. Hablaba tres idiomas que había ido aprendiendo de temprano en su trotar tras el turismo por las calles.. Una vida azarosa que le permitía ir vestido a la europea para causar mejor impresión a los forasteros.< Cuándo aprenderemos>, se dijo a sí misma como solía. Era un sentir profundo de solidaridad y cariño el que sentía por Omar y creía que se correspondían como Omar confirmara en un momento dado. Terminaron la comida y llegó la hora de la despedida. El reloj se había disparado sin apercibirse de ello.
Un abrazo fraternal y cálido los mantuvo a Omar y a ella unidos. Desnudos el uno de los prejuicios de los turistas y desnuda de todo atavío occidental la otra. Lo que duraría poco como se comprobará más adelante.
-Adiós, hermano. Jamás te olvidaré, dijo la ella mientras un velo de tristeza teñía sus ojos y, con un tremendo esfuerzo abrió la portezuela del coche y saludándolo una vez más con la mano se alejaron de Fez y de Omar. Alonso cortés le alargó la mano. <Cuánto complejo de macho ibérico>, pensó ella., pero no dijo nada.
Continuaron ruta. Alonso deseaba tomar un baño y algo de comer "decente", así que buscaron un hotel que, si bien se escapaba a sus posibilidades económicas, se consideró que ahorrarían más tarde si se alojaban en pensiones como habían hecho en Chauen y, donde ella había manifestado, al ver las cucarachas en la ducha: "desde hoy me lavo como los gatos". En Meknes y a pesar del esplendor arquitectónico del hotel y el lujo en la vestimenta y las joyas de las personas que entraban y salían, el exquisito y espléndido buffet no la impresionaron demasiado; lo que si lo hizo fue que el agua de la bañera saliera color marrón aunque que se fue aclarando al dejarla correr sin llegar a ser transparente. De modo que se bañaron en aguas poco claras. Y a pesar de ese "incidente" hizo reír a Alonso. ¿No querías lujo europeo?. Parece mentira que habiendo nacido aquí seas tan pijo. Y añadió, ¡no, no me lo repitas, eres un colonialista. No es pecado muchacho, es sólo patético. Ambos se echaron a reír.
No vimos nada de Meknes, ella estaba ansiosa por llegar a Marraquech y el tiempo del que disponían era corto.
Recorrieron pueblos bajo montes y entre montes. Casi todos ellos sin asfalto alguno hasta llegar a una inmensa llanura coronada por unas montañas y unos pueblos encaramados a ellas de cuento de hadas. Lástima que no dispongamos ni de dinero ni de tiempo suficiente para viajar como deseábamos, expresó en voz alta Amelia. Bueno, añadió, a ti Alonso no te importa tanto ¿verdad? Ya lo conocía. A él le gustaban las rutas gastronómicas sobre todo. Así que si no había que comer, pasaba de piedras viejas como él le decía.-¡Qué te gusta una piedra vieja, María!. Ahora ya no me importaba aquél modo de ser y decir. Había conseguido convencerlo sin gran esfuerzo a llevarlo con ella. Era su iniciativa y era práctico que Alonso hablara francés. Eso facilitaba, y mucho, el entendimiento con los nativos.
II
Alcanzaron Marraquech cuando comenzaba a anochecer y de inmediato fueron en busca de unos amigos del hermano de Alonso.
En una callejuela oscura tocaron en una puerta casi invisible que se abrió a su llamada.. Una mujer joven los identificó de inmediato. ¿Alonso y Amelia?
Me llamo Nadjed- dijo la jóven, y añadió, os esperábamos. Y con una mano les indicó que podían pasar.
El interior dejó dejó muda a Amelia. No así a Alonso que conocía aquellos contrastes y la miró divertido. Tras un portal pequeño se abría una entrada a un gran gran patio interior abierto al cielo. Tres plantas lo circundaban. En la planta baja entraron a una de las habitaciones donde se encontraban por orden de presentación Jadilla (Madre) Hibn Sudmida, (Padre) Nagle, Fátima y Mustafá ( Hijos) además de Moktar y Vilal, estos dos últimos hijos de Nadjed y por ende los nietos. El padre de estos niños era español y se encontraba en la India, de modo que no llegaron a a conocerle.
El seños Sudmida se retiró de inmediato mientras las mujeres y los tres jóvenes se entregaron a charlar con ellos. Trajeron un té delicioso.
Nadjed dijo, me ha dicho mi esposo que podéis quedaros en la casa de Tahanaout. Está a unos escasos treinta kilometros de aquí, y aunque aún no está terminada dispone de lo necesario. Allí tendréis vuestra intimidad. Una vez descansados venís a comer con nosotros mañana. ¿Os parece?
Estaremos encantados. Por cierto, hablas un español muy bueno -dijo Amelia.
Claro, mi marido es español. Es lo menos que podía hacer.
No te creas, sé de alguien que nunca lo hizo y estaba casado con una española. Ambas se echaron a reír.
Al cabo del rato les entregaron una llave y se despidieron hasta el día siguiente.
Qué personas tan encantadoras. Y qué bien habla el español Nadjed. Estoy deseando volver mañana.
Llegaron al pueblo Tahanaout. La casa en construcción era enorme.
Menuda casa.
Es un futuro hotel.
Con razón. Porque para cuatro personas resulta inmensa.
Fumaron un pitillo de cannabis que habían comprado en Chauen y bebieron un vino blanco que habían adquirido en el hotel. de Meknes. No tardaron mucho en caer rendidos de cansancio y emociones en la cama. Un sueño profundo se apoderó de ellos.
Sería la medianoche cuando Amelia despertó-. Los ronquidos de Alonso hacían temblar los gruesos muros de adobe. El techo de la habitación era altísimo. De pronto todo se tiñó de un azul añil oscuro e irrumpieron empuñando cimitarras, y dando peculiares alaridos una horda de tuaregs. Uno de ellos se echó sobre Amelia que en vano llamaba a Alonso.
-¡Despierta, por Dios, despierta!, gritó Amelia.
Pero nada qué hacer. Alonso continuaba roncando. La subieron en un caballo junto a un hombre de mirada extraña y salieron de allí entre risas gritos y disparos al aire. Alonso ni se inmutó.
Galoparon durante un tiempo que Amelia no sabría definir, Poe lo visto se había dormido porque despertó en lo que consideró una jaima, rodeada de mujeres y vestida a la usanza árabe. Desconcertada se miró las manos que habían sido teñidas de henna formando arabescos maravillosos. Las mujeres la sonrieron y comenzaron a cantar y hacer sonidos con sus lenguas y gargantas como jamás hubiera podido emitir occidental alguno. Ella había intentado hacerlo muchas veces sin resultado alguno. Siempre había admirado aquellas expresiones de alegría o de dolor: ya que no sabía nada de lo que significaban. En esto se abrió la jaima y el hombre cuyos ojos le habían resultado raros hizo su aparición. Las mujeres se retiraron dejándola a merced de aquel ser especialmente misterioso. Él dijo: Asalanmumaleikum, o algo así. Amelia hizo lo propio. Él sonrió con los ojos. El resto de su rostro lo cubría un turbante que se alargaba sobre la cara como un velo.
-Espero que te encuentres bien, Amelia. Y perdona el modo de invitarte a pasar con nosotros unos días. Tenía muchas ganas de verte. Siéntete como en casa. Tenemos cosas importantes de las que hablar.
-Primero me gustaría saber con quién tengo el disgusto. Sus modales son intolerables y además no dispongo de unos días. Mi marido me espera para regresar a casa.
-¿Tu marido?. Será tu ex Amelia. Dijo él quitándose el velo.
-¿Ernesto!. ¡¿Pero como es posible!?.
-Todo es posible, Amelia. Te dije que soy un ciudadano del mundo.
-Pues, perdona a mi me pareces más un vándalo, o un suevo, si así lo prefieres. ¿Y qué es eso tan importante de lo que tenemos que hablar?. Tengo prisa por volver con Alonso.
-Lo comprendo, pero no te preocupes por él. Duerme el más feliz de los sueños.
-¿Qué quieres decir con eso?
-Lo que has oído. Está soñando felizmente. Lo que no entiendo de ti es que te hayas asustado de tal manera. ¿ No pensabas en la despedida de Omar que te habías dejado los temores sobre éste pueblo atrás?.
-Y así lo creí, pero reconoce que el modo en el que has invadido nuestra estancia no es el más adecuado para suprimir los miedos. Es un secuestro. Y con armas de fuego y toda esa fanfarria.
-Son costumbres arcaicas que no nos gusta abandonar. Nos hemos visto obligados a cambiar tantas costumbres que me pareció una idea a medida de tus fantasías.
-O sea que ya no eres un ciudadano del mundo. Eres marroquí.
-Eso no me lo esperaba de ti, querida amiga.
-Solo soy un ser humano "querido amigo", respondió Amelia con retintín.
-¡Oh, sí, tienes razón!. La veleidad humana, dijo Ernesto algo picado.
-Pues sí, la veleidad humana en el mejor y en el peor de los sentidos. También la ambigüedad por tu parte es humana dijo Amelia mohína.
-Lamento haberte disgustado, Amelia. Pensé que te encantaría esta vivencia tan cercana a este pueblo.
-Pues no lo lamentas lo suficiente, porque continuas empeñado en aparecer de todos los modos inimaginables. Hasta mi fantasía tiene un límite.
Está bien, amiga. Regresa con Alonso. Ya que no quieres seguir aquí.
-En eso te equivocas, me encantaría quedarme, pero he venido con Alonso y me siento obligada a volver con él.
Amelia se encontró al lado de Alonso en un visto y no visto. mientras él continuaba roncando enfrascado en su feliz sueño. Amelia sin embargo no lograba quitarse el miedo que le había producido su aventura. Vivida o soñada.
Al día siguiente, Amelia se dirigió a Alonso y le dijo que prefería alojarse en un lugar más poblado que aquel. Tenía miedo de estar allí solos, pero no mencionó nada de lo que había soñado o vivido. No estaba segura.
Regalaron los víveres adquiridos a los trabajadores de la construcción y se dirigieron Marraquech.
No tardaron mucho en encontrar una pensión justo al lado de la famosa plaza Yamaa el Fna. La plaza más famosa y concurrida de la ciudad a la sombra de la Kotubia. La Giralda de la bellísima Marraquech. La pena es que la Kotubia estaba en obras y no pudieron disfrutarla en todo su esplendoroso lucir. Pero la plaza, la plaza aún siendo de día les pareció algo salido de la más profunda de las fantasías.
Claro que entonces no sabían nada de todo esto que ahora contaré.
Llegaron a casa de Nadjed. (Para ellos era más fácil llamarla así).
Los recibieron con los brazos abiertos de nuevo. La madre se excusó y salió de la habitación de la noche anterior donde los habían instalado. El padre estaba ausente. Se enfrascaron en una conversación sin principio ni fin.
Por fin Amelia se decidió, pues. así lo habían convenido previamente Alonso y ella, comunicarles el abandono de la casa explicando el miedo que había pasado ella. Alonso la miraba sorprendido.
-¿Miedo tú?
- Nadjed dijo: ¿pero cómo puedes pensar que te enviamos a un lugar donde pueda haber peligro alguno?.
Intervino Nagle, la más pequeña de las hermanas: a mí también me da miedo aquella casa tan grande y sin acabar.
En aquel mismo instante Amelia se arrepintió de la decisión tomada pero se quedó con las ganas de decir que les devolvieran la llave. Les haría parecer una veleta a aquellas personas tan amables y cariñosas. Eso no lo podía permitir.
Comieron un Cus-Cus delicioso. Todo era un estallido de sabor en la boca. Estuvieron horas hablando de la huella morisca en España de la Alhambra, de la Mezquita de Córdoba, de la Giralda de Sevilla y de los orígenes del turrón y de los churros del cultivo de las aceitunas y mil cosas más.
Aquellas personas pertenecían a la raza bereber.
-Los churros son mi debilidad comentó Amelia. Y continuaron con su charla incesante.
Ella se sentía como en casa. Hasta llamó a Jumilla mmamá, cosa que fue coreada por las risas de todos.
Quedaron en volver a la mañana siguiente. Mustafá les guiaría hasta la pensión con su bicicleta. Y así serpenteando por las callejas tras Mustafá alcanzaron la pensión cuyo nombre había olvidado, y a la plaza más hermosa y bulliciosa que sus pequeños mundos habían conocido.
Mustafá se despidió con un hasta mañana.
Mientras Alonso se marchó a hacer no se sabe qué, Amelia se puso a hablar con unas personas en el hotel. ¿Qué cómo se entendieron?. Pues con el lenguaje del corazón, pienso yo. Aunque yo, el que escribe no tenga nada que añadir y me salga de mi rol de narrador.
-Amelia dijo: nuestras tierras y nosotros éramos hermanos, y seguimos siéndolo.
- Las sonrisas y las manos hablaban de un entendimiento mutuo y universal.
Regresó Alonso y fueron a la plaza. La noche había sembrado de luces el lugar que estaba a pocos metros de la pensión y con la que tanto había soñado Amelia. También Alonso se sintió invadido de aquél mágico ambiente.
No sé como describir todo aquello que veían. Los aguadores les recordaban a los verdiales con sus sombreros de flores y sus platillos. Eran exactamente lo mismo. Los encantadores de serpientes, los puestos de la comida. En fin toda aquella algazara de gentes yendo y viniendo. Los bailarines, vendedores. ¡Menudo trajín!. Amelia sentía el alma como embrujada y así se lo transmitió a Alonso casi susurrando. Me quedaría aquí para siempre, musitó. Para siempre jamás.
Un pequeño percance con unos guías muy pesados les robaron el encanto por unos momentos qye Amelia zanjó con las manos en las caderas y con voz de mitín.
-¡Queremos estar solos!, ¿ ¡Qué parte de s o l o s - deletreo airada-´haciendo gestos con las manos no ent´éndeis!?
Los guías se retiraron haciendo gestos de excusarse con las manos y la cabeza. A lo que Amelia respondió de igual modo.
Alonso se quedó mirándola.
-Eres un caso raro. Amas y odias a la par.
-Pelillos a la mar, respondió Amelia retomando el embrujo que le causaba girar por aquél lugar encantado.
Cuando al día siguiente volvieron a casa de Nadjed como habían estipulado, se encontraron con una enorme bandeja de churros sobre la mesa y una cafetera humeante de café. Amelia estaba a punto de llorar. Los churros eran muy gordos, casi nada que ver con los españoles, pero su sabor...¡ay! ¡ay! ¡ay!
era maravilloso. Todos comieron con apetito y risas. Hasta el papá se unió a ellos.
Más tarde Alonso le comentó a Amelia el enorme honor del que había sido regalada, pues los hombres no suelen sentarse con las mujeres. Según le comentó Mustafá a Alonso el hecho insólito había sucedido por aquel tratamiento de mamá y papá de Amelia hacia ellos. Les había hecho mucha gracia y se dieron ambos por muy agradecidos.
-¿Y por qué no me lo dijiste allí mismo?
-Porque conociéndote eras capaz de abrazarlo, y eso hubiera sido demasiado para el pobre hombre.
Amelia soltó una risotada impresionante.
Pero volvamos a la despedida, pues ese fue el último día de su estancia en Marraquech y con aquellas maravillosas personas.
Amelia lloró abrazada a cada una de las mujeres y de los niños de Nadjed. Ésta es mi tierra, esta es mi tierra, repetía entre sollozos y risas. Sois mis hermanos y hermanas. Nunca os olvidaré. Os escribiré.
Y así hubiera seguido hasta que Alonso, tomándola de un brazo la separó con firmeza. Le recordó, cariñosamente que debían continuar viaje para encontrarse con otros amigos de Michel tal y como habían prometido.
Emprendieron camino a Esauira, que era como el pueblo o la ciudad se llamaba. O sea el antiguo Mogador, otra ciudad del Protectorado español.
Protectorado se jactaba Amelia. ¿Y qué protegían además de sus intereses?.
Llegaron a Essauira y conocieron a una chica: Latifa. Una muchacha tan preciosa y tan hospitalaria como el resto de las personas que iban conociendo. Cumplieron con el deseo de Michel, pero tuvieron que despedirse pronto. No les quedaba tiempo. Era necesario emprender viaje tras el almuerzo.
Comieron en el puerto y pasearon por la ciudad de las puertas azules y desvencijadas que en nada restaban encanto a aquella ciudad. Aún les quedaba el regreso. Querían conocer Rabat y Casablanca. Pero unas fuertes lluvias les hicieron desistir de pernoctar en Rabat. De haber sabido lo que les esperaba se hubieran alojado en Rabat. Pero a como a la ida habían encontrado muchos hotelitos en la carretera dedujeron que debía ocurrir lo mismo al volver. Y decidieron alojarse fuera de la ciudad y regresar a Rabat al día siguiente. Pero no fue así. no encontraron nada en una jornada nocturna memorable.
Kilometro a kilometro ni una sola luz. Hasta que vislumbraron las luces de gálibo de un camión ante ellos y al que siguieron durante una parte del trayecto hasta que se desvió. Ellos lograron alcanzar un pueblo donde alojarse exhaustos. La primera pensión que vieron era de tal miseria que a pesar del cansancio les resultó insultante por el mal estado y el precio. En la segunda hubo suerte si bien no era lo apropiado, pero el cansancio de las largas horas conduciendo a oscuras les habían tensado los nervios y el cuerpo.
Al día siguiente Alonso resbaló en la ducha hiriéndose en la cabeza y en una rodilla.
Sin ser grave hubieron de añadirlo al inconveniente de la noche anterior. La lluvia no había cesado y así hasta alcanzar el punto de partida ya de vuelta en la península. El punto de partida. No vimos Rabat. Casablanca no le pareció nada especial a Amelia. Solo la inmensa mezquita en ese especialísimo color amarronado y beige era de impresión. La ciudad era otra ciudad europea más. Algún paisaje junto al mar le hizo tilín por lo agreste. Sin embargo Alonso se veía más emocionado. Al fin y al cabo era la tierra de su padre y donde vivieron sus padres y él mismo durante parte de su infancia y pubertad.
Tomaron el ferry y llegaron a Ceuta. Allí entraron a tomar algo en un bar. Un camarero con cara de pocos amigos les atendió, si a lo que aquél fulano hacía se podía entender por " atender ", Las caras adustas, el griterío de gente descontenta hizo que Amelia casi gritara "bienvenidos al infierno". Alonso la miró extrañado.
He olvidado mencionar que en ese, el único viaje a Marruecos de Amelia y Alonso coincidieron con el Ramadán. Y a ruegos de Amelia comieron a escondidas por respeto a las personas que hasta el anochecer no habían de probar bocado y con el desacuerdo de Alonso que no le quedó otra si no quería enfadarse con ella.
Siguió lloviendo hasta casa. Ella tenía la sensación de que el cielo desaprobaba el regreso. Nunca olvidó el sueño donde quizás empezara todo lo que vino tres años después.
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