María José
El hombre sentado a unos dos metros de ella tenía el rostro curtido de pasar mucho tiempo al sol, al aire. Podía ser un campesino, un pescador, o tal vez un trabajador de la construcción. Era joven a pesar de que le faltaba algún que otro diente y algún molar, pero el brillo de sus ojos no engañaba. Ella le sonrió y le deseó un <que aproveche>. El hombre le dio las gracias.
Entraron seis o siete mujeres entradas en años y en quilos y tomaron asiento en una gran mesa que Enrique y ella habían rechazado aunque él hubiese querido sentarse allí. Qué pena no haberlo hecho, se dijeron ambos con los ojos y un movimiento de cabeza significativo. "Con él llegó el escándalo". Recordó María José aquél viejo título de una película. Más bien un ruido que rompía el tímpano y a ser sinceros el estribo. todo en plural. Valga el juego de palabras, El hombre se mesó la cabeza. Se notaba a la legua que el parloteo de las nuevas comensales le desagradaba. María José se levantó y se acercó al hombre. Perdone - dijo ¿le molesta el gallinero?.
Pues verá- respondió él-. trabajo con maquinaria pesada todo el día, ¿ comprende usted ?.
¿Les digo algo?
Gracias, no se moleste tengo que volver al tajo ya mismo.
Que tenga un buen día.
Lo mismo digo.
No tienes arreglo- le dijo Enrique cuando volvió a ocupar su asiento. ¿no puede hacerlo él mismo?.
Verás, tengo la sensación, el pálpito de que ese hombre no levantaría la voz a nadie. Demasiada humildad, demasiado tacto. Es de los que viven en silencio convencido de que nada tiene mucho sentido salvo su trabajo. Además, cuesta cambiar ¿no? Si no que te lo digan a ti.
Se habían divorciado años ha pero mantenían el contacto. Cuando se tienen dos hijos en común ya se sabe. Lo bueno era que ya no le podía reprochar su actitud. Ni ella a él, pero de vez en cuando volvía la memoria y con ella las viejas costumbres.
Aquella tarde se acordó de Amelia. Era la más antigua de sus amigas y no se veían hacía mucho tiempo.
Los niños nunca tenían ni tiempo ni ganas de ir a visitarla como cuando eran más chicos. <De esta noche no pasa que la llame>. Se prometió para sus adentros. Seguro que tiene anécdotas gratas que contar.
El hombre se despidió amablemente con una sonrisa cómplice.
Vaya usted con Dios dijo.
Lo mismo le digo.
Adiós, se despidió Enrique sin volver la cabeza.
Es difícil cambiar, se dijo María José para sus adentros y sin transición dijo: te gusta ¿eh?.
En realidad pensaba <no sé por qué me obligo a verle fuera de otra ocasión que no sea la imprescindible para mantener el equilibrio con los niños>.
Al poco dejaron el restaurante y el cacareo incesante de aquellas mujeres.
Pero olvidó llamar a Amelia.
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