Otra Marilyn

 Aquella mujer rubia platino parecía sacada de una película de Hollywood de los años cincuenta. Sus zapatos de tacón y sus medias con espiguilla, recta como dibujada por un profesional del pincel dejaban ver unas piernas perfectas. De no haber estado en una pequeña ciudad del sur hubiera creído que estaba ante una estrella de cine americana. Su voz melosa de un exquisito español me sacó de mi pasmo.
Camarero, ¿me pone un Manhattan?
Enseguida, señorita.
Estoy esperando a una amiga. ¿No habrá visto a una mujer morena con el pelo a la garçon más o menos de uno setenta...
Sí señorita. la estoy viendo, señaló el camarero con la cabeza a una mujer que acababa de entrar en el pub con un cara de estar más en la luna que en la tierra. La rubia alzó la mano para llamar la atención de aquella mujer diciendo en tono algo audible ¡Amelia!
La aludida giró la cabeza en todas direcciones hasta dar con la rubia.
¡Ya has llegado!, dijo acercándose, ¡pero qué puntual! y la abrazó con una sonrisa deslumbrante. ¡Pero qué hermosa estás Almudena!
Pues anda que tú. ¡No te quejaras!
Adulona, rio Amelia. ¿Me pone lo mismo? dijo la recién llegada dirigiéndose al camarero que profesional sonrió diciendo, por supuesto señorita.
¿¡Qué amable, no!?
Como debe ser, dijo Almudena. Y ahora cuéntame. ¿Qué es de tu vida? ¿Y qué haces tú con un chucho?.
No te parece que deberíamos sentarnos en una mesa, aquí en la barra con Rumba estoy algo incómoda.
Como prefieras. Hola Rumba, sigues a cuatro patas ¡eh!
No empieces a meterte con el pobre animal.
Parece mentira que aún no conozcas mis bromas. Camarero, nos sirve en una mesa, por favor. Y se bajó del taburete para dirigirse a una de las mesas ante un amplio ventanal  con cortinas de terciopelo verde pistaco seguida por Amelia y Rumba.
Bueno, Amelia, cuéntame.
Ni hablar," Marilyn", eres tú la que me tienes que contar. ¿Qué tal por Hamburgo? ¿Y Albert, qué tal está?. ¿Qué te has hecho en el pelo?
¿Te gusta?. Yo estoy encantada,  estamos bien, pero ahora no quiero saber nada de eso. Estoy de vacaciones y traigo ganas de hacer diabluras contigo. Cosas de las que estoy segura nos divertirán mucho. Empieza por Rumba.
Nada, nada, cosas de una sobrina. Ya sabes, se ha marchado unos días a Estocolmo y no tenía a nadie que se la cuidara, o se lo cuidara. Vete a saber. El caso es que me lo ha pedido y no he sabido negarme.
Ay, Amelia, ¡cuándo aprenderás a ponerte en tu sitio!. Y cambiando de tema, he conocido a alguien en el avión, y tengo previsto que lo conozcas. Y no piense,. no pienses. Es tan encantador que no he podido negarme y vendrá a conocerte.
 Bueno, si tu lo dices, estaré encantada de conocer a esa joya. Y añadió, ¡vaya dos! rio Amelia.
Tal para cual, añadió Almudena, riendo también. ¿Dónde tienes pensado que vayamos a cenar?
Pues quería hablarlo contigo, depende de lo que se te antoje. ¿No crees?
¡Pues pescado! Un buen calamar espetado...¡uhm, se me hace la boca agua!. ¿Recuerdas?.
¡Cómo olvidarlo! Aquella noche teníamos treinta y tres grados Celsius, soplaba Terral y tú te empeñaste en abrir las ventanillas del coche camino a Estepona, haciendo caso omiso de nuestras recomendaciones.
¡Ja ja ja! ¡No me lo recuerdes. Alonso tenía tal cabreo que se negó a cerrar las ventanillas. ¡Qué calor, por favor!. Aún siento la arena bajo los pies, caliente como una parrilla cuando después de la cena fuimos a tomar un helado en la  playa. Nos dieron las tres de la madrugada. Por cierto, sabes algo de él.
Sí. De vez en cuando le telefoneo. Supe por un amigo en común que estaba en el hospital y le llamé. Desde entonces estoy al tanto. A veces hasta él telefonea.
¡Qué atento!, dijo Almudena soltando la risa.
Mucho, coreó Amelia. Rumba lanzó un gruñido. ¡Aquellos humanos!. Por cierto, no veo tu equipaje. 
Lo he dejado en el hotel.
Pero, ¡¿ es que no vas a venir a casa!?.
Ya me conoces. No quiero molestar, además, prefiero despertar y desayunar a mi aire y encontrarnos después. A ti también te gusta dormir hasta tarde. ¿No es cierto?
Pues a decir verdad sí. Te acuerdas bien de mis manías. 
¡Costumbres, muchacha! ¡costumbres!. Un dúo de risas llamaron la atención del camarero que en verdad no las había perdido de vista ni un momento, y que acudió solicito a una mano de Almudena señalando con una mano dos dedos extendidos y simulando un bucle. El camarero sonrió asintiendo con la cabeza.
El vuelo ha sido un abrir y cerrar de ojos. Dijo Almudena cambiando el tema. Pero chica, con un hombre así no es de extrañar. Ameno, guapo, divertido, mundano. Lo tenía todo. ¡Qué pena estar casada!
¡Oh, sí! dijo Amelia, eso supone para ti un grave hándicap. ¿No se dice así?
Pero tú odias los anglicismos, ¿Qué te ocurre, Amelia?
¡Que todo lo malo se pega, niña!.
El camarero se acercó con las copas. ¿Van a desear algo más? ¿Unos frutos secos?
Almendras, dijeron a coro. Sus risas sonaron ambarinas. ¿Cómo es su nombre?, dijo Almudena dirigiéndose al camarero.
Ricardo, para servirlas.
¡Ay, Ricardo! Es usted todo un profesional. ¿Cierto, Amelia?
Cierto, Almudena. Es usted todo un profesional, corroboró Amelia.
Gracias Señoras.
¡Qué casualidad!, ¿verdad?
No te entiendo.
Pues que el camarero se llame Ricardo también,  como mi compañero de viaje.
A mi ya no me llaman la atención ciertas <casualidades>.
Cuenta, cuenta.
Sería muy largo. Cuenta tú.
Pues, veras. Hablaba con un acento entre cubano, andaluz o argentino. Tal vez canario, y se presentó como Ricardo Landea. Se veía muy mundano, y muy, muy atractivo. Con una labia...¡Ay, chica!, qué bien hablaba. Pero ya lo conocerás.
Amelia guardó un extraño silencio.
¿Qué te pasa? Te has puesto muy seria.
Nada, nada. Cosas mías. No tiene importancia.
Pasaron los días, agotaron las noches en charlas interminables y llegó el día de la partida.
Nada de lágrimas, antes de que nos demos cuenta volveremos a vernos. 
Sobre la ausencia de Ricardo, ambas guardaron un solidario silencio.







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