Diario de noche
Desperté y tuve miedo del aire. Sí, miedo de aquél aire que furibundo y sin piedad lo azotaba todo.
Quise levantarme del lecho para ver hacia donde se dirigía, de donde procedía, pero el miedo me paralizaba.
¡Ay, señor, señor, pensaba, negándome empero a invocar a un dios inexistente.
Con un movimiento brusco saqué un brazo de entre las sábanas y encendí la luz de la mesita de noche. Lentamente entreabrí los ojos para que la claridad se filtrase de a poco en ellos con el menor deslumbre posible. Esperé unos minutos hasta coger uno de los libros que yacían en la otra mesita. Lo abrí al azar y comencé a leer algo inquieta aún.
El párrafo elegido describía una terrible tormenta en mitad del océano ártico y a unos marineros envueltos en ella, también aterrorizados.
Justamente el miedo que aquellos hombres estaban experimentando, consiguió que el miedo propio desapareciera.
Pensé, que yo era una privilegiada y que comparativamente mi miedo no estaba justificado aunque el miedo de aquellos hombres estuviese plasmado en un sencillo libro.
Pero...¿no se dice que la realidad siempre o casi siempre supera la ficción?.
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