Ay, mi atalaya.
Noche. Noche sin luna. Noche de cielo turbio, calimoso, espeso. Noche sin aire ni brisa. Densa, calurosa, pegajosa la noche. Y a pesar, noche bella, calma, asombrosamente atenuada de los sonidos estivales, típicos de la costa. Horas negras, de atrayente y misteriosa vida. Murciélagos apenas visibles a punto de rozarte el rostro. ¡Ay! Paso atrás acelerado, corazón convulso. No os tengo miedo. ¿No? Es que, perdón, os prefiero un pelín más lejos. ¿Puede ser?
Me ronda la cabeza el fuego. Su ansia voraz cuando lo desata el viento.
Vuelvo a la noche, a su abrazo oscuro. Un gran pájaro blanco irrumpe raudo. ¿Qué clase de ave será?
Blanco en la noche. Perviven derecho y envés. Luz y sombra en medio de la noche caliente.
No sé tener la cabeza vacía. Oigo mi cuerpo. Esa parte de mi cuerpo que me avisa de algo alarmante.
Me pasaba cuando lo veía en el NODO. Me sigue pasando cuando veo a alguien que me desagrada. Sí. Me pasaba con Franco. Yo callaba, pero me extrañaba aquél rumorcillo en el estómago. Aún era muy chica. Después se aclararon, mis tripas y yo.
Ya no rumoreaban con el paso del tiempo. Se alzaban nerviosas, inquietas, se molestaban abiertamente con su nombre o su imagen.
Dicen los expertos que es muy díficil distinguir en la cabeza las zonas de la razón. De la pura de Kant...Será en otro momento. Bueno, no. Cada vez que cojo el mamotreto, me digo, ya podía haberlo resumido. Se repite como un loro. Perdón, Don Enmanuel. Con esa cabeza tan bien poblada y ese nombre tan bonito. Es mi barriga, son mis tripas unas maleducadas en su caso concreto.
A aquella lucecita (tono irónico) le tiraba un piedro... Qué exuberancia tan chillona.
Si miro hacia arriba, lo olvido todo. Cuento. Dos luceros bien alimentados y cuatro débiles estrellas. Es todo lo que se ve esta noche bien negra.
Son tus ojos dos luceros
no los cierres, vida mía,
que por ti son capaces
hasta de soñar.
Y pensando en soñar, cogeré un libro. Encenderé el radio y ....¿qué viviré?
Como cantaba el rey moro, ay de mi Alhama, yo canto ay, mi atalaya.
Me ronda la cabeza el fuego. Su ansia voraz cuando lo desata el viento.
Vuelvo a la noche, a su abrazo oscuro. Un gran pájaro blanco irrumpe raudo. ¿Qué clase de ave será?
Blanco en la noche. Perviven derecho y envés. Luz y sombra en medio de la noche caliente.
No sé tener la cabeza vacía. Oigo mi cuerpo. Esa parte de mi cuerpo que me avisa de algo alarmante.
Me pasaba cuando lo veía en el NODO. Me sigue pasando cuando veo a alguien que me desagrada. Sí. Me pasaba con Franco. Yo callaba, pero me extrañaba aquél rumorcillo en el estómago. Aún era muy chica. Después se aclararon, mis tripas y yo.
Ya no rumoreaban con el paso del tiempo. Se alzaban nerviosas, inquietas, se molestaban abiertamente con su nombre o su imagen.
Dicen los expertos que es muy díficil distinguir en la cabeza las zonas de la razón. De la pura de Kant...Será en otro momento. Bueno, no. Cada vez que cojo el mamotreto, me digo, ya podía haberlo resumido. Se repite como un loro. Perdón, Don Enmanuel. Con esa cabeza tan bien poblada y ese nombre tan bonito. Es mi barriga, son mis tripas unas maleducadas en su caso concreto.
A aquella lucecita (tono irónico) le tiraba un piedro... Qué exuberancia tan chillona.
Si miro hacia arriba, lo olvido todo. Cuento. Dos luceros bien alimentados y cuatro débiles estrellas. Es todo lo que se ve esta noche bien negra.
Son tus ojos dos luceros
no los cierres, vida mía,
que por ti son capaces
hasta de soñar.
Y pensando en soñar, cogeré un libro. Encenderé el radio y ....¿qué viviré?
Como cantaba el rey moro, ay de mi Alhama, yo canto ay, mi atalaya.
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