Divagaciones nocturnas

Tú, dijo, idealizas a tus hermanos. ¡Por favor Lucía, no exageres!
Oh, sí, ella me enseñó muchas cosas. Entre las muchísimas que me enseñó, están los conciertos de Brandenburg de Bach y la  poesía del malacitano Altolaguirre que se traslucía en sus poemas propios.
Claro que aprendimos juntas también, que nunca volveríamos a leer ningún poema nuestro en público. De hecho, no volvimos a aquellas tertulias. Demasiado azarosa la experiencia para ambas.
Me dijo, te admiro.( Tuve que ser la primera en leer. Decisión del "Jefe") Has leído con tanta emoción.
¿Y tú? Te corrían las lágrimas por el rostro. Eran de miedo e impotencia. No me admires, Lucía, nena, llevaba puestos tres martinis a gañote. Nos reímos.
Nadie nos dijo que para pertenecer al grupo teníamos que leer nuestros versos. Así era el rito de iniciación. Llevar algún poema era imprescindible. De su pública lectura en voz propia no se hizo mención.
Tras el bautizo inicíatico, decidimos ser aconfesionales. Se quedaron con los poemas (esas jerarquías por doquier) y nunca más volvimos. Tampoco los reclamamos. (Hubiese sido bueno releer lo que tanto miedo escénico nos costó) pero a lo hecho pecho.
Entre los muchos epsodios que compartimos, los pequeños viajes reales e imaginarios fueron suculentos, ricos en aprendizaje y en conocimiento de una y otra.
Ella decidió un día dejar todo atrás y en el lote me incluyó. Queda la admiración y el respeto para siempre. Amiga y maestra.
Había empero, sembrado una semilla. La semilla de mi idealización fraternal. Maldita la gracia.
Mi cabeza y mi mirada se detuvieron y escrudiñaron, y analizaron y vieron desvanecerse las aureolas, ajándose los velos de tul tan insinuantes. Hasta que...
Lo digo en alguna que otra ocasion. Todo lo que no idealizo es rompedizo, amparándome en el título de un libro de poemas de Manoel de Barros: Todo lo que no invento es falso.
Libro que leo y releo y con el que cada vez se repiten las sensaciones, las emociones, los sentires.
Había comenzado el descenso de lo que otrora mirara embelesada o ensoñada. Y aunque escalonado, piano, piano pero imparable, las propias excusas se iban debilitando ante procederes que ya no lograba entender.
Se perfilaban, patriarca y matriarcas, egos, pugnas de tronos que me habían pasado inadvertidas.. En parte por las distancias físicas y especialmente por las obviedades que cada patriarca y o matriarca habían generado. Y la decisión obsoleta de un incluir otra matriarca, tanto si lo pretendía como si no.
"Von nun an ging Berg ab". Así decía la canción que traducia e interprétaba la gran Hildegar Knef.
Lo que viene a decir: desde ahí todo rodó montaña abajo.
Pero, ¿qué hago?. ¡Menudo descenso a los infiernos!
¡Nooooooooo! ¡Nanay de la China! En este ejército no voy a alistarme. De sobra conocida es mi animadversión por los uniformes, comenzando por los baberos de párvulos.
Amiga, querida, aprendí contigo y de ti. Quizás,  hasta lo que no debí aprender. Ya sabes que a veces dudo de si el saber nos hace libres. Es posible que haya un recóndito lugar en nuestro ingenio físico y espiritual en el que sea bueno tener un refugio intocado.
¿Huír, no? ¿Porqué no? Podría ponerte ejemplos en los que huir es más que aconsejable, prudente y beneficioso.
Y ya que estamos huyendo, mi huida inminente es a la cama de sábanas blanquiazules, a juego con las paredes del hogar que, habito y me habita.
Hogar dulce hogar, refugio de refugios.
Salvo de mis ideas, ellas tan sueltas, libres, temerarias, imprudentes. A veces.
SIEMPRE A VECES.

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