El viaje

Sí, sí, sí. La odio, la odio, la odio. Cómo se puede ser tan pesada. ¡Uf, qué coraje! (Voz sin voz)
-¿Llevas la dirección?
-Por favor, cuántas veces he de decirte, que sí, que la llevo, la dirección. Que sí. Que sí. Que sí. Mira, mira, mira. Aquí está. La dirección.
¿Llevas la dirección?
Me subí al autobús. Ni miré hacia donde estaba.
Por fin me había liberado de ella. De la tía Angustias. El nombre le venía pintiparado. En la segunda acepción del diccionario.
Llegué a casa. Había que preparar el equipaje. Sólo había ido a despedirme de la tía por orden de mamá. Su hermana.
Avisaron de mi llegada a Barcelona telefónicamente. Y habiendola comunicado, para casi dos días después a otra tía, emprendí el viaje hasta allá.
Rondaba aquél año de MCMLXV el mes de agosto si no recuerdo mal.
Sobre la noche de aquél día, correré un tupido velo.
La primera impresión del río Turia, me dejó pasmada. El Turia de plata, brillaba, pero por su ausencia de agua. Rio Seco le hubiese ido al dedillo. También la impresión sobre Valencia... Pelillos a la mar.
Llegué a la ciudad Condal. Un primo me esperaba en el andén. El primo Andrés. Con una sonrisa de oreja a oreja. Nos abrazamos como si no hubiera un mañana. ¡Cómo quería yo a aquél niño! ¡Y qué guapo era!
Días después tuve el gusto de salir con él al encuentro de aquella ciudad maravillosa.
Todo era precioso, grande, amplio, distinto de lo poco de España que yo conocía. Mi adorada Granada recoleta y chiquita, era otra cosa. Lindísima, pero nada comparable a la Urbe con mayúscula de Barcelona. Málaga también se quedaba pequeña frente a ella.
No voy a enumerar las cosas bellas de Barcelona. Son tantas.
Trás no sé cuantos días, me preparé para continuar el viaje. Destino final Frankfurt del Meno: Alemania.
Avisaron de mi llegada con un  telegrama.
En Francia me sablearon bien el frugal almuerzo. El autobús para mi sorpresa estaba lleno de españoles.
Arrivamos a la estación de Frankfurt. ¡Madre mía! ¿Pero cuántas vías tiene esta estación? Me decía a mi misma sin salir de mi asombro.
Me senté en la maleta. La gente comenzó a marcharse. Al final me quedé sola. Ni un solo español a mi lado.
Esperé, esperé, esperé. Cayó la noche, y yo esperando. Salí fuera y ví la palabra: TAXI. Me dirijí a un policía. Ni jota de entendernos. Saqué la dirección que llevaba escrita. Se la mostré y pregunté ¿Taxi?
Miró. Con gestos me dijo que aquello era muy caro. Ya se sabe del lenguaje universal. Ïndice y corazón en franco masaje con el pulgar. Después la mano entera agitándola. Sin más me cogió del brazo y me llevó a una ventanilla, habló con un señor y me puso tras abonar el billete, en una de las vías indicándome con las manos que caminase de prisa.
Pasaban unos soldados. Les mostré la dirección. Cogieron la maleta, otro tiró de mi. Me indicaron que corriera. Entramos en el tren justo en el momento en que éste se ponía en marcha.
Se reían, hablaban por los codos. Como supe y pude me enteré que eran american. Ah, sí, americanos. Asintieron con las cabezas. Continúamos viaje. No paraban de hablar y de reír. También yo reía. No me pregunten por qué.

El tren se detuvo. Uno de ellos volvió a coger mi maleta y la sacó fuera. Detrás iba yo. Me saludaron al despedirse, muy alegres,  y el tren siguió su marcha.
Varada en un andén del que no veía la salida, desde la estación alguién gritó. ¿Es a mi? Viendo que no me movía me indicó una escalera. Bajé y seguí un camino techado. Salí por otra escalera y voilá, ya estaba al lado de aquél señor.
Saqué de nuevo la dirección de mi (bolsillo especial) leáse senos y volviéndole la espalda se la mostré añadiendo  ¿Taxí?
Me acompañó. Salí de la estación. Monté en el taxi. Me dijo adiós, aquél amable señor.  El taxista me hablaba, yo respondía. Ni sé que preguntaba ni él lo que yo decía, pero él parecía contento.
Llegamos a una casa. Paró. Me apeé. Lei un nombre que coincidía con el que llevaba escrito en el papel. El del tío Ramón. Asentí con la cabeza. Ya sabía que nos nos enteraríamos de nada.
El taxista sacó la maleta del coche y la puso delante de la puerta de la casa quizá preguntándome si era correcta la dirección una vez más  a lo que yo asentí. Como había hecho al policia, le mostré mi mano con los marcos que había cambiado en Barcelona y se los mostré. El tomó lo que supongo que era suyo y se despidió afable y cortés, indicándome por última vez el timbre.
Llamé. Nadie contestó. Volvía a llamar. Nada de nada. Me senté en la maleta y me puse a esperar.
Al rato, un buen rato, llegó un coche. Dos personas se bajaron de él y dijeron algo así como gutenaben pasando de largo.
Eran ellos. Mis tíos. Ramón y Julia.
¿Gutenaben? respondí yo como un papagallo.
¡Pero por Dios bendito! ¡Tú que haces aquí?
Subimos a la buhardilla. Solté la maleta. Era preciosa, preciosa. La buhardilla. Las paredes empapeladas de flores de colores suaves. ¡Qué bonito! dije. Me abracé a mi tía y empecé a llorar como una Magdalena.
El telegrama llegó al día siguiente.
Dije para mis adentros levantando la vista hacia el cielo: gracias, tía Angustias. Gracias, gracias, gracias. Perdóname, perdóname, perdóname.

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