Sin título

Se recompuso o trató de hacerlo tras ver el video. Para ello empleó sus manos y comenzó a escribir. Lo hizo a mano. Iba dibujando con esmero primero las letras, luego las palabras y tras las palabras hilvanó algunas frases. Varias de esas frases asaz indeterminadas, confusas. Tardó un largo rato en rematar aquella carta caótica dictada por la urgencia que manaba de su cabeza entristecida, atropellando ideas, desordenando orillas, rompiendo márgenes gramaticales. Después comenzó a leer poesía despacio, casi deletreando, desentrañando cada palabra, cada verso. Lo hizo a la vieja usanza. Diccionario en mano, enciclopedia en mano cuando se hacía  necesario.. Empeñada en recuperar viejas costumbres, pausadas costumbres. Esforzándose en buscar pe-pi-pra-ra como siempre había hecho. Página a página, deteniéndose en las diversas acepciones, comparando si encajaban en los intricados poemas de Olvido García Valdés.
El libro se titulaba: Y todos estábamos vivos.
Pasaron las horas. Llamó una amiga. Su corazón, le dijo, no estaba muy ligero. A lo que respondió: el mío en verdad estaba ligero, pero los actos de los hombres lo están enturbiando. Y añadió que: a pesar de decir que no se sentía culpable, porque no lo era, la culpa, inoculada desde tiempo inmemorial, reptaba venas arriba y dando coletazos cual salmón a su lugar de reproducción se había instalado en ella. Se despidieron dándose ánimos y prometiéndose un nuevo encuentro en pocos días.
Necesitaba calor humano urgentemente para olvidar el video de una niña de once años condenada a muerte por soldados israelies.

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