Imágenes e ideas

Cuando la imagen no es de mi agrado, aparto la mirada. Tal vez sea por exceso de hastío o de asco, porque no es lícito que me conciencien de casi nada a estas alturas de la vida. Ni tan siquiera de la propia estupidez,  pero sobre todo, de la propia carencia de culpa. Y apelo a las palabras de quién mejor sabe. "Yo no soy culpable. Los culpables tienen nombres y apellidos". (Eduardo Galeano).

Los culpables están sentados en sillones de altos respaldos, a resguardo de, o en grandes palacios, o en barcos de caprichosos diseños. Están repantigados en cualquier poder. Ya sea el político, el eclesiástico, o el de la así llamada realeza,  o en el poder en si mismo de bienes materiales. Como ya menciono de cualquier poder y de su hipócrita desmesura. Bástenos contemplar la transformación de cualquier "vasallo" convertido en rey para valorar su fingida y forzada postura de complaciente dignidad. Esos son los culpables de las guerras, del hambre, de las violaciones de los derechos que cada hombre debiera poseer frente a otros. Esos. No yo, corriente y común mortal entre los mortales.
Insignificante ser entre tantos millones de seres que pelean sus insignificantes batallas de sobrevivencia y dignidad.

Cuando la imagen me complace, descubro sin ver, un gesto de embobamiento, de arrobo, que traspasando los límites de la inteligencia,  se queda prendido y prendado de la magia que toda imagen desprende cuando la mirada inocente la abarca. Y se sume en ella, en la imagen o en la misma abstracción, despertando como de una pequeña ensoñacion,  que vuelve por segundos para de inmediato regresar a ella.
Son efectos de las imágenes, especialmente, aunque una sea capaz de embobarse con otras banalidades siempre cercanas a lo mágico.
Así he despertado de un sueño largo, de unas casi doce horas, e influenciada por una reelectura de Benedetti titulada Gracias por el fuego.

Comentarios

Entradas populares