De la fealdad.
Comprobó ante el espejo que, su cuerpo, algo entorpecido por los años, conservaba aún aquella sensualidad que en otro tiempo tanto le hiciera sufrir dado que carecía de belleza y que ya desde niña se lo hicieron ver y creer desde la familia hasta algunos críos desarrapados y vociferantes que corrían por las calles del pueblo sin oficio ni beneficio. Y aunque aquellos rapaces no le hicieran tanto daño como la familia, pues se suponía que era el centro y la base del amor su angustia crecía al sentir las miradas de los chicos y de los hombres, y preguntándose qué podían ver en ella e intuyendo que no podía ser nada agradable No, no eran buenos tiempos. La pobreza, la ignorancia, y por ende la falta de educación y respeto, campaban por sus fueros.
Volvió a mirar su cuerpo en aquél espejo al que siempre había temido y de cuya mirada había huido y comprobó no sin cierta satisfacción que sus movimientos conservaban algo o un mucho de donaire.
Pensó como cuando era joven que aquel cuerpo y las miradas que atraía sólo le habían generado conflictos. Pero siendo seria y mirando dentro, lo que le habían creado eran complejos. Dolorosos complejos de fealdad.
No pudo evitar echar la mirada hacia atrás; no para justificarse sino para explicarse a sí misma el comportamiento de escaso respeto y ausencia de sensibilidad que manifestaron familiares y hasta y hermanos y hermanas que, en son de burla, hablando estando ella delante alababan la belleza de sus otras hermanas. - La más guapa es tal, la más graciosa es tal y la que mejor hace tal cosa es esta o aquella.
No podía evitar sentirse humo.
¡Como comprendía a sus amigas Elvira y Julia cuando hablando decían que sus familias le hacían mucho daño! Para aquella figura reflejada en el azogue también su familia había sido motivo de dolor desde muy pronto y aún lo era pensándolo bien.
Es arduo de eliminar el dolor del alma que se le infiere a un ser cuando todavía es una criatura inocente y frágil. Claro que a veces consigue olvidar y sobreponerse sin presunción, encontrarse atractiva sin tener que ser guapa.
Qué curioso es el ser humano, pensó mirando en el espejo, ya sin verse.
Ni con sus parejas, ni con sus amantes se había sentido nunca celosa ni envidiosa. Lo que no significaba que no lo fuera. Lo seguía siendo. Con sus hermanas, especialmente.
Se había prometido no serlo, ser sencillamente mejor persona, le aportaba mucho más sentirse bien con ella misma, pero siendo sincera, le costaba en cada confrontación con las hermanas. Todas, ella incluída repetían las mismas escenas. Y ella volvía a sentirse insegura y dolida.
Debo aprender a ser generosa con los generosos, humilde con los humildes, solidaria con los más desvalidos, honesta con los honestos, y respetuosa con los que muestran respeto. Con el resto indulgencia y distancia.
Toda una vida para redimirse...
¿Toda una vida?
Lanzó una carcajada, ¿? y mirándose en el espejo de nuevo dio unos pasos de baile contoneándose como una serpiente. Al menos así se lo había dicho su buen amigo Arturo en aquella ocasión que...
Volvió a mirar su cuerpo en aquél espejo al que siempre había temido y de cuya mirada había huido y comprobó no sin cierta satisfacción que sus movimientos conservaban algo o un mucho de donaire.
Pensó como cuando era joven que aquel cuerpo y las miradas que atraía sólo le habían generado conflictos. Pero siendo seria y mirando dentro, lo que le habían creado eran complejos. Dolorosos complejos de fealdad.
No pudo evitar echar la mirada hacia atrás; no para justificarse sino para explicarse a sí misma el comportamiento de escaso respeto y ausencia de sensibilidad que manifestaron familiares y hasta y hermanos y hermanas que, en son de burla, hablando estando ella delante alababan la belleza de sus otras hermanas. - La más guapa es tal, la más graciosa es tal y la que mejor hace tal cosa es esta o aquella.
No podía evitar sentirse humo.
¡Como comprendía a sus amigas Elvira y Julia cuando hablando decían que sus familias le hacían mucho daño! Para aquella figura reflejada en el azogue también su familia había sido motivo de dolor desde muy pronto y aún lo era pensándolo bien.
Es arduo de eliminar el dolor del alma que se le infiere a un ser cuando todavía es una criatura inocente y frágil. Claro que a veces consigue olvidar y sobreponerse sin presunción, encontrarse atractiva sin tener que ser guapa.
Qué curioso es el ser humano, pensó mirando en el espejo, ya sin verse.
Ni con sus parejas, ni con sus amantes se había sentido nunca celosa ni envidiosa. Lo que no significaba que no lo fuera. Lo seguía siendo. Con sus hermanas, especialmente.
Se había prometido no serlo, ser sencillamente mejor persona, le aportaba mucho más sentirse bien con ella misma, pero siendo sincera, le costaba en cada confrontación con las hermanas. Todas, ella incluída repetían las mismas escenas. Y ella volvía a sentirse insegura y dolida.
Debo aprender a ser generosa con los generosos, humilde con los humildes, solidaria con los más desvalidos, honesta con los honestos, y respetuosa con los que muestran respeto. Con el resto indulgencia y distancia.
Toda una vida para redimirse...
¿Toda una vida?
Lanzó una carcajada, ¿? y mirándose en el espejo de nuevo dio unos pasos de baile contoneándose como una serpiente. Al menos así se lo había dicho su buen amigo Arturo en aquella ocasión que...
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